Las Pléyades

domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:00

Por Marco Arturo Moreno Corral*

Transcurre el otoño; los días se van acortando y las noches se hacen más largas y más frías, propiciando cielos nocturnos despejados y con mayor transparencia atmosférica. Es en esta época del año cuando al principio de la noche por el rumbo del este, comienza a ser visible un singular grupo estelar; se trata del asterismo conocido en la cultura occidental como las Pléyades.

Este está formado por siete brillantes estrellas de color azulado, localizadas en una región pequeña de la constelación del Toro (Tauro), que presentan una distribución geométrica con forma de sartén con mango corto.

Por ser tan notable, hay constancia de que este conjunto estelar fue identificado desde los albores de la humanidad; en efecto en el Disco de Nebra fabricado durante la Edad de Bronce y encontrado en Alemania -al que se le ha estimado una edad de tres mil seiscientos años- ese grupo de estrellas fue representado  junto con el Sol, la Luna y otros astros.

Al margen de los mitos

En la mitología griega las Pléyades fueron las hijas del titán Atlas condenado a cargar el mundo y de la ninfa marina Pléyane. Sus nombres son Maia, Celeno, Alcíone, Electra, Estérope, Táigete y Mérope. Perseguidas por el cazador Orión, para ponerlas fuera de su alcance Zeus las transformó primero en palomas, posteriormente las llevó al cielo en forma de estrellas.

Siendo tan claro y fácil de observar, prácticamente en todas las culturas aparece este conglomerado estelar como parte de sus mitologías.

En la Iliada, Homero escribió  que en el escudo metálico que el dios del fuego hizo para el gran guerrero Aquiles, grabó entre otras deidades a las Pléyades y en la Odisea dijo que Ulises las utilizó para guiar su navegación.

En el Majabhárata, texto indú del siglo III a. C., se nombró a esas estrellas Krittikas,  siendo las seis ninfas encargadas de criar al dios Kartikeia, mientras que en el Popol Vuh, texto sagrado de los antiguos mayas, se dice que fueron llevadas al cielo por Gucumatz, el Gran Corazón del Cielo.

En esa civilización se les llamó Motz, que literalmente significa “montón”. Los aztecas por su parte, las llamaron Tianquiztli, que en su lengua significa “el mercado”, seguramente porque ese grupo de estrellas les recordaba la gente reunida en los mercados.

En El Quijote también se habló de las Pléyades, solamente que ahí se les llamó las Siete Cabrillas, tal y como hizo saber Sancho cuando dijo: “Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que si no la cumpliera me parece que reventara”.

Esta denominación pasó a nuestro país y todavía es frecuente oír a gente de campo referirse a ese asterismo como las Siete Cabrillas.

Al margen de los mitos, las Pléyades tuvieron un notable papel en todas las sociedades agrícolas, ya que sirvieron para marcar momentos importantes en el proceso de siembra y recolección. Hesíodo; escritor griego alrededor del setecientos antes de nuestra era, dejó constancia de ello, cuando en su obra “Los trabajos y los días” dijo que “al surgir las Pléyades descendientes de Atlas empieza la siega; y la labranza cuando se ocultan”.

La vida de las estrellas

En 1609 por primera vez en la historia, las Pléyades fueron observadas a través de un telescopio. Galileo que fue quien lo hizo, quedó maravillado, pues tal como muestran los dibujos que entonces realizó, pudo observar más de treinta estrellas en donde antes se veían siete, mostrando entre otras cosas el poder de ese instrumento para estudiar el cosmos. En 1771 el astrónomo francés Charles Messier enumeró a las Pléyades como el objeto 45 de su catálogo de objetos estelares, por lo que desde entonces también se les conoce como M45.  Gracias a la mejora de la calidad óptica de los telescopios, en 1786 el astrónomo francés Edme-Sébastien Jeaurat logró identificar 64 estrellas que formaban parte de las Pléyades. Actualmente se ha establecido que ese cúmulo está formado por entre quinientas y mil estrellas. Las investigaciones que los astrónomos han realizado desde entonces, muestran que las Pléyades forman parte de un conjunto de objetos celestes que estos científicos llaman Cúmulos Abiertos, caracterizados por estar formados por algunos cientos de estrellas cada uno, que después de ser estudiadas cuidadosamente, han mostrado ser de reciente formación y haber tenido un origen común.

En el caso de las Pléyades, se ha establecido que  se encuentran alejadas del Sistema Solar por una distancia de cuatrocientos cuarenta y tres años-luz, que si bien a escala cósmica no es mucho, sí resulta enorme para nosotros, por lo que solamente podemos estudiar sus estrellas analizando la luz que de ellas nos llegan.

De esta manera se ha establecido que  tienen una edad del orden de cien millones de años, lo que parece enorme si lo comparamos con la existencia de la humanidad, pero que es muy poco si pensamos que el Sol, nuestra estrella, tiene una edad de cinco mil millones de años. Usando los datos que se tienen sobre los movimientos de las estrellas que forman las Pléyades, se ha establecido que como grupo seguirán existiendo por otros doscientos cincuenta millones de años. Transcurrido ese tiempo, se disgregarán y la tan conocida forma que ahora les vemos desaparecerá.

Cúmulo estelar

El análisis de la luz de esas estrellas, ha mostrado que tienen masas comprendidas entre  tres y cinco veces la masa solar. La temperatura en sus superficies se encuentra entre los once mil cuatrocientos y los trece mil ochocientos grados, lo que las hace varias veces más calientes que el Sol, que tiene una temperatura superficial de cinco mil ochocientos grados. Los radios de las estrellas que forman las Pléyades están comprendidos entre 3 y 3.6 veces el radio que tiene el Sol. Todos estos datos, obtenidos de la observación directa de esas estrellas, han mostrado que son mucho más jóvenes que éste, además de que son más masivas, calientes y grandes qué él.

Las imágenes de larga exposición de las Pléyades, también muestran la presencia de nebulosas de reflexión, llamadas así porque el polvo que las forma –polvo cósmico constituido fundamentalmente por partículas microscópicas de silicatos- refleja la luz que emiten esas estrellas; efecto que causa que las veamos, particularmente Mérope, como envueltas en nebulosidad. Lo que sucede, es que en el presente las Pléyades están cruzando por una región del firmamento donde hay grandes nubes interestelares de polvo, cuya presencia detectamos precisamente porque vemos la luz de esas estrellas cuando es reflejada por las pequeñísimas partículas que forman esas nubes, pero en realidad no están asociadas físicamente con esas nubes. Seguramente los astrónomos seguirán estudiando este cúmulo estelar, pero mientras encuentran más información, el público podrá disfrutar de la observación de esas estrellas y si tiene unos binoculares, podrá darse cuenta que las Pléyades tienen más estrellas de las que se ven a simple vista, compartiendo así el sentimiento de asombro que embargó a Galileo, cuando por primera vez las vio con su primitivo telescopio.

  Astrofísico e investigador del Instituto de Astronomía, campus Ensenada, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

mam@astro.unam.mx

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