Astronomía y literatura

domingo, 10 de diciembre de 2017 · 00:00

Por Marco Arturo Moreno Corral* 
La Astronomía al igual que la Física, las Matemáticas, la Química y sus disciplinas afines, forman lo que se ha dado por llamar las ciencias exactas. 
En buena medida esta designación se debe al rigor metodológico y al lenguaje matemático especializado utilizado por los profesionales de estos campos del conocimiento, sin embargo, en el caso de la Astronomía y parafraseando el refrán que asegura que de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco, es completamente válido afirmar que todos tenemos algo de astrónomo, pues el fundamento mismo de esta ciencia que es observar el firmamento, es algo que todos hemos hecho. 
Esta característica ha sido y es la que ha llevado a muchos no astrónomos de profesión a tocar en sus escritos temas astronómicos, por lo que existen numerosas obras de la literatura universal que se han ocupado de algunos de esos aspectos, tantas que sería imposible enumerarlas.
En una comunidad como la nuestra, es usual pensar que ciencia y literatura son actividades que no tienen nada en común; que en el mejor de los casos, son difícilmente compatibles. 
Nada más alejado de la realidad, puesto que ambas son producto del intelecto humano y aunque no lo parezca, comparten el hecho de ser creaciones de la mente. 
Un científico y un literato son en efecto creadores, que tras complejos procesos de maduración de sus ideas, las plasman en escritos para que otros las conozcan y aunque el lenguaje del primero parezca críptico, es posible traducirlo a conceptos comunes aprovechables por todos. 

Los literatos de la astronomía 
Como se verá en esta nota, hay científicos que han logrado esa transición, produciendo interesantes textos literarios de divulgación de la ciencia, pero también han existido escritores que en sus obras se han ocupado de aspectos científicos con excelentes resultados.
Uno de los científicos más importantes ha sido el alemán Johannes Kepler, que destacó como astrónomo, físico y matemático. Su obra en esos campos es bien conocida y cualquier enciclopedia lista su gran producción, pero lo que muy pocos saben, es que también incursionó en la literatura, por lo que se le considera el iniciador del género de ciencia ficción. 
En efecto, escribió un texto llamado “El Sueño o Astronomía de la Luna”, en el cual narró las aventuras imaginarias de un joven islandés que llamó Duracotus, quien mediante un conjuro mágico ocurrido durante un eclipse de Sol viajó a la Luna y entró en contacto con los selenitas. 
Pudo así observar los accidentes del terreno del globo lunar, las costumbres de esa civilización extraterrestre, pero sobre todo, al fantasear sobre ese viaje, Kepler difundió de manera sencilla, los nuevos conocimientos sobre astronomía se lograban en su época.
Un literato que tocó diversos temas astronómicos en sus obras fue Miguel de Cervantes Saavedra, célebre autor de “El Quijote”, quien varias veces, como el caso ya citado en una nota anterior de su mención a las Pléyades, incorporó ese tipo de conocimiento en sus tramas, tal como cuando puso en boca de Don Quijote las siguientes palabras: “El caballero andante ha de ser astrónomo para conocer por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en qué parte y en qué clima se halla”. Como esta cita hay otras más a lo largo de “El Quijote”, que muestran que su autor se interesó en la ciencia astronómica”. 
El escritor irlandés Jonathan Swift escribió “Los viajes de Gulliver”, obra en la que habla de una imaginaria isla flotante llamada Laputa, donde los laputienses tenían gran interés en matemáticas y música. 
Sus astrónomos estaban más aventajados que los europeos, ya que según escribió, “han conseguido hacer un catálogo de diez mil estrellas fijas, mientras el más extenso de los nuestros no contiene más de la tercera parte de esa cantidad. Han calculado con gran precisión el período de noventa y tres cometas. 
De igual forma han descubierto dos satélites que giran alrededor de Marte, de los cuales la interior dista del centro del planeta primario exactamente tres diámetros de éste, y la exterior, cinco; la primera hace una revolución en el espacio de diez horas, y la última, en veintiuna y media; así que los cuadrados de sus tiempos periódicos están casi en igual proporción que los cubos de su distancia del centro de Marte, lo que evidentemente indica que están sometidas a la misma ley de gravitación que gobierna los demás cuerpos celestes”. 
Lo curioso de esta cita, es que los dos satélites marcianos fueron descubiertos ciento cincuenta años después y no pueden ser vistos sin telescopio.
Otro gran literato que se ocupó en su obra de temas astronómicos fue el francés Julio Verne, quien con sus novelas “De la Tierra a la Luna” publicada en 1865 y “Alrededor de la Luna” de 1870, se adelantó cien años a la Era Espacial. 
En estas novelas Verne narró las peripecias de tres personajes que en el interior de una gran bala, fueron disparados por un enorme cañón que apuntó a la Luna. Ahí habló de la necesidad de que ese disparo se hiciera en una fecha y hora precisas y desde los Estados Unidos; de la ingravidez experimentada por  los tres  viajeros; de la duración del viaje que fue de cuatro días –la misma que tuvo el Apolo XI en 1969 cuando llevó a los primeros humanos que verdaderamente alunizaron-  y de la vuelta a la Tierra, acuatizando en el Océano Pacífico donde fueron recogidos por un barco de la marina estadounidense. Estas novelas de Verne tuvieron gran influencia y pronto otros escritores se ocuparon de temas similares. Causaron tanto interés, que cuando el cine comenzó, “De la Tierra a la Luna” fue una de las primeras cintas producidas por el cine mudo.


Textos universales 
Los estudios que al finalizar el siglo XIX realizaban los astrónomos sobre Marte, inspiraron a otro escritor; en este caso al inglés Herbert George Wells, quien basado en datos que las observaciones de la superficie marciana habían producido, publicó en 1898 su célebre novela “La guerra de los mundos”, donde fantaseó sobre una invasión de marcianos a la Tierra, con el propósito exclusivo de conquistarla, eliminando a la raza humana para apropiarse de nuestro planeta, pues Marte se hallaba moribundo. 
Esta novela fue un éxito y ha servido de inspiración para muchas otras, con lo que el género literario de la ciencia ficción se ha enriquecido grandemente, produciendo verdaderas joyas de la literatura universal, muchas de ellas llevadas al cine para disfrute del gran público, que gracias a esas novelas y cintas cinematográficas, han recibido algunos conceptos de la Astronomía y la Astrofísica modernas, como el de los hoyos negros; la existencia de otros sistemas planetarios; estrellas moribundas que explotan; cometas y asteroides que ponen en peligro la vida y a la Tierra misma y otros más, todos ellos materia de estudio actual de los astrónomos.
Los latinoamericanos no se han quedado al margen de este género literario. Como ejemplo podemos citar a Gabriel García Márquez, quien en “Cien años de soledad” hizo que Úrsula descubriera que al transcurrir el tiempo, el Sol cambia imperceptiblemente de posición en la bóveda celeste  a lo largo de un año, pues las sombras de los objetos van cambiando de posición.
Concluiremos mencionando al astrofísico estadounidense Carl Sagan, quien realizó grandes esfuerzos para que los estudios sobre la posible existencia de vida extraterrestre se hicieran con seriedad y rigor científico. Un ejemplo de sus ideas quedó plasmado en su novela “Contacto”, en la que narró las diversas reacciones ocasionadas entre los humanos ante la certeza de existencia de seres inteligentes en el universo. Sin duda ese “retrato” de la sociedad moderna, refleja muy bien nuestras dudas, miedos y esperanzas ante los grandes logros que está alcanzando la Astronomía.

mam@astro.unam.mx
*Astrofísico e investigador del Instituto de Astronomía, campus Ensenada, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
 

Galería de fotos

Comentarios