Quetza-Claus

Pascual Ortiz Rubio, expresidente de la República decretó en 1930 que el dios prehispánico Quetzacóatl sustituiría la tradición católica de los Reyes Magos y del Niño Dios
domingo, 17 de diciembre de 2017 · 00:00

Por Gerardo Sánchez García*

En 1930 el entonces presidente Pascual Ortiz Rubio decretó que el dios prehispánico Quetzacóatl sustituiría la tradición católica de los Reyes Magos y del Niño Dios y se convertiría a la vez en un nacionalista antídoto cultural ante la tímida llegada y presencia -en esa época-, de Santa Claus.

La ocurrencia de Don Pascual fue un sonoro fracaso y solamente se realizó el 23 de diciembre un magno festival en el cual unos mil 500 niños recibieron sus regalos de Doña Josefina de Ortiz Rubio y un hombre caracterizado como la Serpiente Emplumada, quien cerró el festejo recibiendo a unos atribulados Gaspar, Melchor y Baltazar, que terminaron cantando todos juntos el Himno Nacional.

Los Reyes Magos lograron mantener su reinado religioso, cultural y en las preferencias infantiles y familiares en México ante ese embate del nacionalismo postrevolucionario expresado y plasmado en un fallido Quetzalclaus, mientras que al simpático, risueño y gordito hombre de rojo, el dios prehispánico ni siquiera le despeinó las barbas.

Papá Noel emprendería luego del termino de la Segunda Guerra Mundial -a fines de los años cuarenta del siglo pasado y respaldado por las empresas norteamericanas más importantes-, una exitosa invasión ideológica, comercial y sentimental de los niños y bolsillos mexicanos.

Iniciaría lo que la historiadora y socióloga Susana Sosenki llamó en un brillante y documentado estudio: “Santa Claus contra los Reyes Magos: influencias trasnacionales en el consumo infantil en México (1950-1960)”

Reyes magos versus Santa Claus

El autor de este artículo recuerda que en su -ya lejana- infancia Santa Claus era visto en su familia como exclusivo de los sectores “riquillos” y “agringados” de la sociedad mexicana.

Cada uno de los tres niños -Genaro, Gerardo y Maricarmen-, tenían asignados en el tradicional nacimiento, su respectiva figura de barro, Gaspar, Melchor y Baltazar, así como la importante labor -e infantil alegría- de ir acercándolos día a día para llegar hasta el pesebre el día cinco de enero.

Había reglas muy precisas: no mover la figura que no te correspondía y no hacerlas avanzar rápidamente sino paciente -y sin marrullerías- día a día.

Ni árboles navideños, ni el habitante secreto del Polo Norte formaban parte de las tradiciones y emociones de esos infantes.

Quienes la “rifaban” en ese hogar de la clase media baja eran los mágicos y misteriosos reyes.

Tal como decía Pánfilo, el de las populares canciones de Las ardillitas de Lalo Guerrero, cuando lo amenazaban de que Santa Claus no iba a traerle regalos: “al cabo yo no soy cliente de ese señor a mi me traen mis juguetitos los Reyes Magos”.

Esa era una de muchas expresiones de rechazo a San Nicolás, provocadas por el rompimiento de una tradición, por la imposición de un modelo económico de vida distinto - “el american way life”- y la creciente mercantilización de los festejos decembrinos.

Santa estaba en las grandes tiendas departamentales, en los anuncios, los Reyes Magos no ocupaban -hasta ese entonces- promoción, ni espectaculares.

Simplemente confiabas en que llegarían durante la noche del cinco de enero y aunque podías hacer una larga lista, ellos finalmente traerían lo que les viniera en gana.

Son peticiones, no exigencias -explicaba mi madre-, les traerán lo que ellos puedan y de acuerdo a cómo se hayan portado en el año.

Tras esa advertencia, los breves enojos, desencantos y desilusiones eran borradas por la alegría del juguete o los zapatos nuevos aparecidos al pie de la cama y sólo quedaba la duda de cómo se enteraron de lo que se hizo mal en uno de esos 365 días y que provocó no recibir el regalo anhelado.

De rivales a socios

Santa Claus, no entró por las chimeneas a México, sino primeramente por las tiendas departamentales.

Lo hizo después a través de la prensa, radio, cine y televisión a partir de los años cincuentas y sesentas, con una mayor presencia en los hábitos de consumo e insertándose en los festejos tradicionales, junto con el pino navideño.

Los opositores y críticos del imperialista Papá Noel eran acallados por la abrumadora publicidad y mercadotecnia en su apoyo.

Los Reyes Magos también se transformaron, poco a poco dejaron de ser una mera tradición religiosa y familiar y se convirtieron en un segundo -y excelente- motivo de consumo y comercialización.

Los padres-consumidores tenían ahora la doble oportunidad de invitar a Santa y a los Reyes Magos a sus hogares. De la rivalidad pasaron a compartir patrocinios, anuncios, espectaculares y comerciales de radio y televisión.

Los niños dejaron de ser receptores y consumidores pasivos y conformistas y se convirtieron en demandantes específicos y exigentes.

Los sentimientos de culpa pasaron a esos santacloses o reyes que no podían satisfacer los largos y puntuales pedidos infantiles. Ambas partes habían caído en las redes del consumismo.

Como establece en sus conclusiones Susana Sosenki: “No tuvieron que pasar muchos años para que Reyes Magos y “Santacloses” aprendieran a convivir, no sólo en las calles y plazas, sino también en los centros comerciales y en los hogares. Esto se debió a un contexto de receptividad de los mexicanos a la influencia cultural estadounidense, no exenta de conflictos, tensiones y contradicciones”.

“Pero también a que los comercios notaron muy pronto que les favorecía más la distinción entre los regalos de Navidad y los del Día de Reyes, pues aquello abarcaba dos presupuestos, el de diciembre y el de enero”.

Las decisiones de consumo fueron afectando a la memoria colectiva que, en gran medida, terminó siendo comercializada. Finalmente Santa Claus se entretejió con el catolicismo mexicano y los nacimientos se empezaron a ubicar al pie de los árboles de Navidad.

Enfatiza la historiadora: “Santa Claus fue un extranjero que llegó a México para quedarse y convertirse en parte de sus tradiciones navideñas. Pasó de ser un “extranjero indeseable” a un extranjero apreciado, con lo cual su extranjerismo se diluyó.

Santa Claus se convirtió en un espacio de disputas religiosas e ideológicas, pero también en un espacio de reflexión y discusión sobre “lo nacional” y lo propio, en un país que se veía enfrentado a la cada vez mayor trasnacionalización de rasgos culturales.”

De Quetzalclaus, no quedaron rastros, sólo el dato anecdótico y el imaginar cómo hubieran sido nuestros festejos decembrinos adornados con serpientes emplumadas, grecas prehispánicas y códices con jeroglíficos deseándoles: Feliz Navidad y un próspero 2018.

*Periodista con más de 30 años de trayectoria.

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