Cuento

Sigo siendo una princesa

domingo, 06 de agosto de 2017 · 00:00
Por Mike Sule*

Las mañanas en la casa de la familia Salas eran siempre las mismas desde que Julieta la única hija de apenas seis años conoció las princesas de Disney. Fue amor a primera vista, ese mundo de magia atrapó por completo a Julieta y siempre quería vestirse como una de ellas, le encantaba que su madre le peinara los cabellos dorados que eran tan largos como las tardes de esas vacaciones de verano, en las que el Sol se ocultaba después de que la Luna brotara a las 7:30 de la tarde cuando el cielo está completamente desangrado por el atardecer que iba acabando para recibir a la oscura noche.

Y todos los días a las 9:00 de la mañana, Luisa la madre de Julieta, sentaba a su hija en la silla frente al tocador, el cual resguardaba un gran espejo adornado con calcomanías de princesas. Ahí frente al espejo peinaba a su hija mientras ésta sonreía al verse ya con su vestido de princesa puesto, el cabello casi listo en espera de la tiara de plástico con los diamantes artificiales que brillaban como sus ojos. Y cuando su madre la colocaba en su cabeza, Julieta danzaba por toda la habitación teñida con estas caricaturas de Disney; coronas, dibujos, castillos, muñecas y todo lo referente a estas princesas que creaban un cuento mágico en la realidad de Julieta. Y en ese mundo mágico brotaba su grito de felicidad - ¡Soy una princesa, soy una princesa! –

Luisa reía comparitendo la felicidad de su hija, algo tan simple era lo más importante para una niña, en sus ojos se reflejaba, así como en su sonrisa que no cabía en su rostro. Corría por toda la casa con su vestido de princesa, su cabello peinado, su tiara en la cabeza y así pasó el verano, así recibió al otoño.

Las hojas de los árboles caían con un simple suspiro del viento, atiborrando con esas hojas secas las calles de la ciudad. Lo mismo le pasaba al cepillo con el que Luisa peinaba a su hija, se llenaba de esos cabellos dorados que hace tiempo atrás brillaban sobre sus hombros. Pero tuvo que llegar esa enfermedad que no avisa, que no se tienta el corazón y se impregna en cualquiera, sin motivo y sin razón. -Maldita enfermedad- pensaba Luisa, al ver el puño de cabello atrapado en el cepillo. La tristeza invadió su mirada, el silencio tomó el papel que las risas tenían, Julieta volteó a ver a su madre, ésta respondió su mirar con una sonrisa a medias, de esas obligadas que mienten para decir que todo está bien. Por lo que la pequeña tomó la palabra y con voz tímida le preguntó:
-¿Sigo siendo una princesa?

Luisa asintió, sus ojos quebrados estaban a punto de reventar, pero la sonrisa de Julieta hizo que tomara fuerzas y las lágrimas se guardaron junto al dolor que sentía por lo que estaba viviendo su niña. Después de darle a su hija un largo beso en la mejilla, colocó en su cabeza la corona de princesa y Julieta volvió a sonreír.

El invierno fue tan corto como sus días, las semanas volaron como las aves emigran y la primavera floreció, mas no la alegría de Luisa que la angustia la comía, la tristeza la abatía, ya ni le ayudaba a su hija cuando ésta se disfrazaba de princesa frente al espejo. El cepillo fue olvidado en un cajón, junto con las risas que fueron muriendo al paso de los meses en esa habitación. A pesar de lo decaída que estaba su madre, Julieta después de varias semanas sin salir de cama, fue hacia el espejo, se miró un poco más delgada, pero lo que resaltaba era lo faltante de cabello, todo se había ido. Tocó su cabeza con la yema de sus dedos y de su rostro nació una sonrisa, esa misma sonrisa del verano, esa sonrisa que le dio fuerza para ponerse un vestido de princesa, agarrar la tiara y salir de su alcoba rumbo al cuarto de su madre, en donde Luisa yacía recostada en la cama con un mar de lágrimas envolviendo su cara. Julieta se acercó a ella, puso sus dedos en la comisura de los labios de su madre, empujándolos hacia arriba para formándole una sonrisa, al tiempo que la miró a los ojos y le dijo sonriendo:
-Sigo siendo una princesa…–

Luisa abrazó a su hija con todas sus fuerzas, la bañó de besos y secó sus lágrimas al ver su valentía, que no se rendía a pesar de las circunstancias. El silencio se evaporó con las risas tímidas que poco a poco comenzaron a salir, Luisa tomó la tiara de princesa para ponérsela a su hija, quien volvió a sonreír de oreja a oreja. Corrió al tocador de su madre para mirarse en el espejo con su disfraz de princesa, corona en la cabeza y el brillo en sus ojos. Luisa la abrazó por detrás y le susurró al oído – Eres una princesa. -  Y Julieta nunca más bajó su sonrisa, esa del verano que se estampó en esa primavera.  

*Escritor.
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