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2 de octubre: sin perdón ni olvido

“Recuerdo, recordemos. Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca Sobre tantas conciencias mancilladas, Sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta, Sobre el rostro amparado tras la máscara, Recuerdo, recordemos Hasta que la justicia se siente entre nosotros”. Rosario Castellanos.
sábado, 06 de octubre de 2018 · 00:00

Ingresé a la SEP como docente en julio de 1968, mi horario de trabajo era de 8:00 a 15:00 horas, luego entonces tenía tiempo para pintar por las tardes. Ese era mi plan general, pero en la práctica ocupaba mucho tiempo en dedicarme a la política y procuraba asistir a todas las manifestaciones, sobre todo a la del 26 de julio que celebraba el triunfo de la revolución cubana, que para los jóvenes de esa época nos representaba la objetivación de los anhelos de libertad y justicia encabezada por Fidel y el Che.

En la Ciudad de México, en julio, muy  cerca de donde yo trabajaba se iniciaron las refriegas con los granaderos golpeando a estudiantes, con el resultado de todos conocidos.

Nos dice  Mao Tse-Tung: “Una chispa puede incendiar toda una pradera”. Era mucho lo que se venía encima, por la coincidencia de las olimpiadas, sin embargo, la matanza de los muchachos: el Comité de Lucha, nadie la pudo prever. Esa tarde tomé el camión rumbo a Tlatelolco, a la Plaza de las Tres Culturas, al llegar me sorprendió la cantidad de camiones del ejército y ya los soldados rodeaban la unidad habitacional, además de los helicópteros que sobrevolaban -cosa inusitada para mí- que había asistido a tantas manifestaciones, incluidas las reprimidas por los granaderos y la policía montada, pero el ejército es otra cosa.

Habían iniciado los discursos, cuando vi una estela en el cielo, instintivamente corrí hasta la avenida y trepé al primer camión que aminoró su velocidad. Al otro día y los subsiguientes, toda la prensa daba la fatal noticia, poco a poco los fragmentos iniciales se reunieron con la cuenta de los asesinados y los miembros del comité de huelga que fueron llevados a los cuarteles y de ahí al Palacio de Lecumberri.

Se cumplieron 50 años del asesinato de compañeros estudiantes y si alguien piensa que con tanto tiempo ya está olvidado, se equivoca. La sangre joven toma la estafeta y está en pie de lucha para nuestro orgullo.

Pero todo esto se inició años atrás cuando López Mateos reprimió huelgas legitimas causando el descontento de la mayoría. La izquierda siempre estuvimos en pie de lucha por la democratización de México y muchos huelguistas fueron ultimados o desaparecidos por la policía. Así que el horno estaba caliente.

 

 

 

 

 

Al movimiento estudiantil de 1968 lo generó la violencia gubernamental, es preciso recordar siempre este hecho porque así se desmoronan las grotescas versiones oficiales, aquel se puede verificar y probar, estas son parte del delirio patológico que veía maquinaciones y conspiraciones por todas partes. El hecho menos inmediato, pero todavía presente, consiste en que la Ciudad de México había testificado la violencia del gobierno contra varios sectores obreros que se rebelaban contra el corporativismo que los mantenía unidos al aparato gubernamental, que reforzaba progresivamente su autoritarismo, y, por consecuencia, su estructura antidemocrática.

Dijo José Revueltas “Del 2 de octubre en adelante, sobrevinieron días absurdos, increíbles. Informes cada vez más espantosos sobre la matanza de Tlatelolco. Ahora, 28 de octubre, no recuerdo cuántas veces hemos cambiado ya de refugio y recorrido la ciudad de un coche a otro. Lo único cierto es nuestra estupefacción. Algo que puede dar idea de nuestra estupefacción son las siguientes palabras escritas por mí el día 4 y que encuentro entre las páginas de un libro: “Amargo el encuentro del mal, de su gente, de su espacio. Evidentemente uno nació para otra cosa, fuera del tiempo y sin sentido. Uno hubiese querido amar, sollozar, bailar, en otro tiempo y otro planeta (aunque se hubiera tratado de este mismo). Pero todo está prohibido, el cielo, la tierra. No quieren que seamos habitantes.   Somos sospechosos de ser intrusos en el planeta. Nos persiguen por eso, por ir, por amar, por desplazarnos sin órdenes ni cadenas. Quieren capturar nuestras voces, que no quede nada de nuestras manos, de los besos, de todo aquello que nuestro cuerpo ama. Está prohibido que nos vean. Ellos persiguen toda dicha”.

Finalmente,  Pepe Revueltas fue aprehendido una noche y recluido en el Palacio Negro de Lecumberri. Vale por eso reiterar que fue un alto honor sufrir prisión al lado de los estudiantes y maestros del Movimiento del 68, Eli de Gortari, entre ellos.

Cierro este texto con dos poemas, ambos reflejan fragmentos de este acontecimiento sucedido hace 5 décadas.

México: Olimpiada de 1968

“La limpidez

(Quizá valga la pena

Escribirlo sobre la limpieza

De esta hoja)

No es límpida:

Es una rabia

(Amarilla y negra

Acumulación de bilis en español)

Extendida sobre la página.

¿Por qué?

La vergüenza es ira

Vuelta contra uno mismo:

Si

Una nación entera se avergüenza

Es león que se agazapa

Para saltar.

(Los empleados

Municipales lavan la sangre

En la Plaza de los sacrificios).

Mira ahora,

Manchada

Antes de haber dicho algo

Que valga la pena,

La limpidez”.

Roberto Escudero.

 

La muerte y la doncella

Políglota de 19 años

También acribillada

a tí que me haces hablar

sin haberte conocido,

a tí que me haces que me adentre en mi silencio

que congregas las hojas a la luz de este otoño

tienes el nombre de una ternura antigua

Ana María Regina

tu rostro flota en la ciudad

igual que el frío de una cueva

amiga,

¿de qué memoria fuiste, que las balas

no destruyeron tu belleza?

Juan Bañuelos.

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Por: José Carillo Cedillo*

Con información de compilación de Arnulfo Aquino Casas y Jorge Pérezvega.

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