PALABRA

Nuevas rutinas viejas

Por Liz Durand Goytia*
sábado, 15 de diciembre de 2018 · 00:00

Retomar, recordar, reordenar, reconstruir,

todo eso habré de hacer

a partir de que inicie el siguiente año.

Se avecina un cambio en mi vida y en mi espacio

y desde ahora empiezo a reunir la fuerza suficiente para encararlo.

Yo decía que no soy de rutinas,

pero la rutina hace presa de una y aquí estoy,

pensando en que debo rebobinar la cinta de mi vida

y encontrar nuevas rutinas, sola.

De ninguna manera sería la primera vez que vivo sola,

no es algo que me aflija.

Pero pasar de un momento a otro

de la compañía a la soledad, no es tan sencillo.

Por lo de las rutinas: para tomar café, para ver tele,

para hacer comida, para ir al super,

para conversar, etcétera, etcétera.

La parte buena del asunto

es que a mi compañero de casa se le presenta una gran oportunidad

y es de los que saben aprovecharla,

así que más allá de las telarañas que me andan rondando la cabeza y el corazón,

lo conducente es desearle un camino luminoso

y alegre para que todos sus propósitos se cumplan.

A mí me toca seguir buscando mis caminos,

mis otras formas de llenar tiempo y espacios,

nuevos proyectos, y terminar, cómo no, de estudiar esta licenciatura que casi me desespera.

Carpe diem

 

Reflexión repentina 

En estos pocos días se han ido muchos otros

que casi no recuerdo,

no tengo sino un sabor reminiscente

de la gloria del encuentro primero,

el del descubrimiento.

 

Los intensos hallazgos entre nosotros,

los luminosos momentos de pasión,

de sueños compartidos,

caminos que juntos transitamos.

 

En este hueco que deja tu ausencia temporal

que aunque breve no es ligera,

las memorias aletean por todas partes

cosquilleando el corazón.

También llegan recuerdos de los días

en los que no estuviste

y retomé el camino sola

mientras buscabas encontrar la paz que no tenías.

 

Veo todo lo que hemos construido

en veintún años de seguir intentando,

de seguir encontrando,

de seguir preguntando:

un hogar sólido y firme que no tiene paredes,

cuyas bases se hacen anchas según necesitemos.

 

Una estancia cálida, amorosa,

en donde reposar nuestros cansancios y restañar heridas

viejas o nuevas, grandes y pequeñas.

 

Un jardín florecido donde crecieron el perdón y el amor,

un amor más grande que todo, que comprende, acepta,

respeta y no cambia sino para crecer de nuevo.

 

Vivimos sin tiempo en donde estamos,

en un lugar que llevamos con nosotros,

en donde nos sentimos seguros, amados, respetados;

un lugar que elegimos para vivir por siempre,

espacio inalterable donde lo bueno cabe.

 

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