La Maraña Cósmica, un viaje personal

domingo, 11 de marzo de 2018 · 00:00

Por Rolando Ísita Tornell*

Maraña Cósmica, el ocurrente título de mi columna de los lunes en el diario El Vigía, tiene su épica, su leyenda, su narrativa ligada al reto y fascinación por compartir la sorprendente ciencia, las maravillas de la naturaleza, la vida, el cosmos; además de las emocionantes aventuras de los científicos -mujeres y hombres- y su astucia para arrancarle secretos a la materia y la energía, a lo vivo y a lo inerte; sin dejar de lado lo que nos hace humanos: la palabra, el lenguaje.

Según mi criterio como divulgador de la ciencia, la forma más idónea para enterarse cómo funciona la ciencia, cómo le hacen los investigadores para indagar en la intimidad de la materia acusadamente invisible para nuestra mirada, es metiéndose a sus facultades, escuelas, centros o institutos de investigación. Igual que si quieres conocer un país y sus habitantes es mejor habitarlo que visitarlo, subirse a sus transportes, comer sus alimentos, adquirirlos en los mercados, las plazas, sobrevivir como ellos cada día, meses, años.

La ciencia había entrado a la agenda de la opinión pública en México, se promulgó la Ley de Ciencia en el umbral del neoliberalismo, el fantasma del financiamiento público sólo a la ciencia que “resolviera problemas nacionales” recorría los colegios, los pasillos y los seminarios. Quien plantease tal despropósito estaría expresando su ignorancia de cómo funciona la ciencia, esa forma especial de ver, pensar, entender, explicarse y a veces reproducir la naturaleza, el mundo, la vida, el cosmos, que nos ha permitido adaptarnos y sobrevivir como especie.

Más que nunca, la ciencia pedía a gritos el apoyo social al más humano y útil de los quehaceres y, a su vez, despertar la conciencia de la responsabilidad social de los investigadores devolviendo con generosidad y gratitud ese patrimonio humano a la sociedad que la sostiene con sus impuestos. Mi olfato periodístico consideró a la astronomía la disciplina más amenazada, “esa no resuelve problemas del planeta, vaya, ni del Sistema Solar”, su objeto a investigar está a miles, millones y miles de millones de años luz distante de nosotros”.

El reto novedoso e innovador

Se presentó una feliz coincidencia, un buen amigo astrofísico y roquero requería apoyo periodístico para celebrar un international workshop, un taller especializado sobre el Gran Telescopio de Canarias, el telescopio óptico más grande del mundo (10.4 metros de diámetro en su espejo primario), y sus primeros instrumentos de detección habían sido diseñados y construidos por astrónomos y técnicos mexicanos de la UNAM y un tecnológico de Conacyt, ganando licitaciones internacionales. Se haría en un lugar muy público, en el emblemático Castillo de Chapultepec, porque ahí estuvo el primer observatorio astronómico nacional, y se convocaría a todos los medios de comunicación posibles a su inauguración, esto último era mi trabajo. 

El evento tuvo éxito mediático y terminé invitado a hacerme responsable de una oficina de información para el público en el Instituto de Astronomía durante seis meses, que se convirtieron es seis años.

El reto fue novedoso, innovador, hacer público el quehacer de la astronomía de forma profesional y de tiempo completo, no “ahí cuando tenga tiempo” y no sólo cuando se descubra algo (lo cual no sucede con frecuencia, aunque se quiera).

Proyectos estratégicos, de oportunidad, departamentos y líneas de investigación, atención a los medios y al público, conferencias de prensa, entrevistas a investigadores, historia de la astronomía mexicana para el público (que tiene mucho de épica, de gestas), actividades públicas, escribir artículos, comunicados, notas informativas y, lo mejor de todo, recibir clases personales de astrofísica casi a cualquier hora y momento por los actores del descubrimiento (si lo había) o “por pura curiosidad”.

Origen del nombre

Una de las liebres brincó: astrónomos del instituto detectaron materia perdida, poco densa y caliente en el espacio intergaláctico, además obtuvieron indicios que se trata de átomos de carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno (¡elementos precursores de la vida!, pero muy poquitos y separados unos de otros), el descubrimiento fue publicado en revista astronómica internacional de gran prestigio.

Es materia conocida, no la exótica “oscura”, estaba perdida porque en los inventarios de lo conocido, 5 por ciento de todo el Universo, teníamos un faltante ¿dónde está? Entre las galaxias parece no haber nada, todo negro, y la única forma de saber si ahí hay algo es que emita ondas de luz o partículas de energía.

¿Qué tal si observamos uno de esos chorros de luz y energía poderosos que lanzan al espacio objetos como los cuásares, que el chorro transite por ese espacio y venga en dirección a nosotros? La física que conocemos nos dice que si detectamos que ese haz de luz que viajó miles de millones de años luz disminuye su intensidad se debe a que ha sido absorbido por algo, y si la onda absorbida es la huella digital de algún elemento, sabremos qué es, ¡además su temperatura!

Geniales, creativos, astutos los astrónomos, y en la charla explicativa surgió la “cosmic web”. Si nos alejáramos del Universo y lo viéramos desde afuera, percibiríamos una estructura parecida a una esponja, o como si nos hubiéramos metido al cerebro y viéramos el tejido neuronal, una maraña de fibras, nomás que de galaxias. “Red cósmica” no me convencía, una red nos da idea de una de pescar, o la de una cancha de tenis, la de la potería en el futbol. Además, red en inglés se escribe “net”, me parece más indicado “maraña”. -Si es para que entienda el público, ponle como te convenza- terció mi amigo el director del instituto.

Más adelante surgió la oportunidad de colaborar con un blog en un diario nacional en su versión digital, que apenas comenzaba y pocos aceptaban colaborar. Los editores querían que fuera de todas las ciencias y no sólo de astronomía. Le venía bien a la estrategia de comunicación pública de la astronomía “usar todos los medios y soportes posibles”. Si no podía tratarse sólo de astronomía, ¿cómo bautizarla “sexy”, que indique ciencia, y pueda habar de todas? Reflexioné que si el Universo, las estrellas, fabrican el material de lo que está hecho todo, hasta nuestros cuerpos, y en los recovecos de la “maraña cósmica” hay elementos precursores de la vida y hasta moléculas de agua, ¡llamémosle así a la colaboración periodística, y me permitirá hablar de cualquier disciplina científica!

Hoy la historia se repite, a 2 mil 800 kilómetros de casa; de las inmensidades del Universo ahora son las inmensidades del átomo y sus partículas, pero también en lo que tiene que ver la ciencia con el arte, la historia, la sociedad, la economía, la política. La astucia de los investigadores y manipuladores de los átomos es diferente pero igual de sorprendente y creativa que los indagadores de los astros, y será un privilegio compartirlo en la Maraña Cósmica, ahora con los lectores de El Vigía todos los lunes.

*Integrante del área de Comunicación de la Ciencia UNAM, Ensenada y divulgador de la ciencia desde 1982.

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