PALABRA

La primavera de Cleo

Por Benjamín Pacheco*
sábado, 5 de enero de 2019 · 00:00

“¿Sabes? Se parece a mi pueblo. Claro, allá está seco, pero se parece. Y así, igual, hacen los animales. Y así suena. Y así huele”.

La película Roma (2018) es la octava de Alfonso Cuarón y agrada porque permite al espectador múltiples interpretaciones. Aquí, como la hojarasca, dejo caer algunos apuntes sueltos.

I

Cleo se mueve entre dualidades que apreciaremos conforme se desarrolle la historia, a lo largo de un año de su vida, tiempo que podemos estimar tomando en cuenta noviazgo, embarazo, la masacre del Jueves de Corpus y el viaje al mar. Las oposiciones abarcan todo: espacios, reflejos, sonidos, atmósferas, que surgen desde la presentación de la película en blanco y negro, conectados por un bello puente de grises. Le siguen la algarabía callejera y los pleitos infantiles contra el silencio de Cleo y sus pensamientos, mismos que se le desbordan por la mirada mientras observa la lluvia que lava la ciudad. La dualidad persiste en la convivencia del español y el mixteco; en el amor por conocer y el engaño por descubrir; la lealtad entre mujeres que se abrazan y lloran las penas, contra la huida de los hombres, quienes sólo extienden los brazos para decir adiós o expresar violencia.

En esta sucesión de dualidades, vemos cómo se pierde una vida y se arriesga la propia para que otras persistan. La cámara de Cuarón nos lleva del urbanismo desbordado, con sus cines comopalacios, hasta los márgenes rurales de los que tienen que caminar sobre tablas para sortear el lodo. En ambos, un par de niños sueñan con volverse astronautas, pues también nos queda claro que, en la generosa imaginación infantil, un bote viejo también es un casco espacial.  

II

Cleo se mueve por un México que ya no volverá, cuyas costumbres se nos presentan muy salvajes hoy en día. Inmersos en aquel desfile de afiladores, bandas de guerra, globeros, organilleros y merolicos, aparecen el médico fumando tranquilamente por el pasillo de un hospital. Ante nosotros, arriba el padre al desayuno envuelto en humo de cigarro y, sin pena, besó a su hijo. Vemos la convivencia de biberones, alcohol y ceniceros atascados, ¿por qué? Porque estamos de fiesta y nada malo puede pasar. Seguimos a los niños corriendo entre practicas de tiro, armas y balas, más alcohol, y moviéndose en medio de un incendio. De sorpresa, ante nuestros ojos, aparecen las mascotas disecadas -y decapitadas- decorando las paredes de aquel espacio que llamamos hogar.

III

Cleo se mueve entre el poder gubernamental que se apoderaba de todo, al que no tenías más remedio que verlo siempre, ahí, inamovible, duro, filtrándose por todos lados, hasta tapizar las paredes de una tortería o aparecer en el pico de la montaña, observando al pueblo en eterno recordatorio del Gran Hermano. Cuarón le pone nombre al poder: Luis Echeverría Álvarez y Carlos Hank González, presidente de la república y gobernador del Estado de México, respectivamente. Cleo se mueve entre los asesinos, reclutados entre los que no tenían nada que perder y todo por obedecer. Primero en práctica y después en acción. El director evoca la memoria histórica y, al tiempo, nos dice que el cine es una forma para señalar los crímenes que aún no tienen castigo. Cleo se mueve entre los que desgraciaron de un día para otro, entre los que salieron y ya no regresaron, entre los que fueron azotados con varas de bambú y después silenciados por el mazo y las balas.   

IV

Cleo se mueve entre la vida y la muerte. Ahí están los símbolos, que se aclaran en una segunda apreciación de este viaje por el México de la década de 1970, feliz de haber celebrado la Copa Mundial de Futbol. Cleo ama y cree ser correspondida. Se da cuenta que está “de encargo” y, en medio de besos, lo revela al novio durante una función de cine. En la pantalla, una comedia bélica. Fermín, el aludido, pone de pretexto una ida al baño para abandonarla en el lugar. La huida coincide con un avión en caída, estrellándose, tal cual la relación que ha vivido la mixteca. Ella sale y se sienta en unos escalones. A su lado, la muerte en forma de juguete, baila y se tira a su lado. La siguiente toma son unas cruces. En esta sucesión de imágenes, entendemos que no hay nada colocado al azar. De igual forma cuando Cleo admira los cuneros del hospital: comienza a temblar y caen pedazos de techo sobre una incubadora. Estos anuncios de muerte serán reforzados durante el Jueves de Corpus, cuando un estudiante es asesinado dentro de una mueblería, pues la sangre corre por las cunas. A Cleo se le rompe la fuente. En medio de balazos, será llevada al hospital, aunque no habrá esperanza: su hija nacerá muerta. La cargará unos segundos y después se lo quitarán de los brazos. Es una escena terriblemente dolorosa, viendo cómo amortajan a la pequeña, mientras la madre aún tiene que sobrellevar la última fase del parto.

Es el 10 de junio de 1971, el final de la primavera de Cleo.

V

Cleo se mueve entre la desigualdad, eso está claro, aunque sabe arreglárselas por ese mundo en el que lejos de su familia, tiene oportunidad de formar parte de otra familia. Lava el patio lleno de cacas de perro, el “Borras”, que brinca siempre a la espera de sus dueños. Talla, recoge, se la pasa apagando las luces una casa llena de libros y juguetes. Es nana, primera voz para los niños al despertar y, última, antes de dormir. Le gritan también. Sin embargo, también es una héroe, de ahí el homenaje que implica toda la película. Vence el temor y se adentra al mar, soporta el oleaje en búsqueda de un par de niños que quiere como suyos, aunque no haya querido a su propia hija. Se abrazan en tierra, después de haber sobrevivido al mar.

Es querida y su nombre no será olvidado.

Llegamos al final, en una última toma simbólica: la ascensión de Cleo. La vemos subir las escaleras, paso a paso. Durante toda la película no nos dimos cuenta que era demasiado alto el techo para llegar a los lavadores, pero eso no importa. Cleo asciende, desaparece en el cielo.

*Periodista.

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