ESCRIBIENDO CON PINCEL

Aventuras del detective Buendía

sábado, 02 de marzo de 2019 · 00:00

Por José Carrillo Cedillo*

EL PERRO

El domingo 8 de agosto de 1999 a las 8:00 de la mañana sonó el teléfono en la casa del detective  Buendía y éste medio dormido, se levantó a contestar, era el jefe de la policía citadina, el Negro García, único que se podía dar ese lujo autorizado por el detective, pues todos sabían que el ahora jubilado, dormía hasta las 10:00 de la mañana.

Él era divorciado con varios años de soltería y vivía en un céntrico apartamento amueblado y nunca tuvo hijos.

El Negro dijo muy poco… “ven en cuanto te vistas, a Donceles 44, tercer piso”.

Dada la premura del mensaje ni se bañó y acudió a la cita 30 minutos después. Era un edificio de elegantes oficinas y los policías de guardia en la puerta lo dejaron pasar sin ninguna pregunta, era muy claro para ellos por qué se presentaba.

Primer vistazo y primer informe: una mujer y un hombre posiblemente asesinados con un disparo en la frente, probablemente calibre 45; pero no escapó a la educada mirada del detective que también había un perro pastor alemán muerto de otro disparo.

“No permití que se llevaran los cadáveres al Semefo para que tuvieras la imagen más clara que con fotografías”, le dijo el Negro, “muchas gracias” contestó Buendía.

En la puerta de entrada del corredor al despacho se leía: Luis Márquez, abogado penalista. En la salita de recepción estaba el cadáver de una joven mujer rubia, de bruces sobre la máquina de escribir, luego, se infirió que era la secretaria del abogado.

En el despacho, sentado frente a su escritorio estaba el cadáver del abogado, con medio cuerpo sobre el escritorio  y con  papeles manchados por un gran charco de sangre y con los brazos extendidos hacia su  asesino.

A golpe de vista se podría afirmar que la oficina era sumamente elegante, totalmente alfombrada y por su moderno mobiliario tanto de la sala de espera como de la oficina del abogado.

Tenía un elegante bar, pero estaba cerrado, lo que indicaba que no hubo charla con tragos con él o la asesino (a).

Los archivos estaban cerrados bajo llave y éste fue el primer vistazo. Luego le dijo al Negro que ya se podían llevar los cadáveres, el Negro aprovechó para decirle que tenía otras cosas que atender en la comandancia y se iba a retirar, no sin antes preguntarle si requería algún ayudante.

Buendía le pidió que llamara a su vieja pareja, el detective Jaime Juárez, con el que había resuelto tantos casos en el pasado.

El Negro ordenó a un patrullero ir por él a su domicilio, mientras, el detective aprovechó para ir a desayunar, cuando regresó, ya lo esperaba Jaime y después del clásico abrazo lo puso al tanto del suceso y pidió su opinión, pues siempre lo escuchaba.

Jaime le dijo que no tenía ninguna opinión y que lo mejor era ponerse a trabajar, es decir, sacó su juego de pequeñas llaves allen, herramienta que todo detective profesional siempre trae consigo y se puso a abrir los archiveros, de los que fue sacando folder que pasaba a Buendía.

Encontraron el folder con los datos de la secretaria Luisa Ríos, de 28 años, con un poco más de un año en el puesto. La primera pregunta ¿por qué la mataron? Abrieron su escritorio y encontraron los movimientos del banco, tres cuentas con diferentes movimientos de los que ella se encargaba según la lectura de los documentos, varios clientes saltaban a la vista por el monto de sus pagos por servicios, el más cuantioso era el del señor Juan Larios y buscaron su expediente: acusado de asesinato. Había contratado al abogado para su defensa, pues alegaba ser inocente, pero estaba recluido en la cárcel  en espera de ser juzgado.

Habían pasado varias horas y se percataron que no habían comido y acordaron un espacio en el trabajo, además era domingo, es decir, no habían muchos restaurantes abiertos, se decidieron por su cantina favorita: La mula de seis.

Regresaron dos horas después, cuando ya entraba la noche y había cambiado guardia de los uniformados. Continuaron con el tedioso trabajo de revisar uno a uno los folders que sacaban, pero era necesario, Buendía lo sabía muy bien.

De pronto saltaba un conejo inesperado y sucedió: una carpeta con documentos para registrar un gran terreno en el Registro Público de la propiedad a nombre del licenciado la mitad y la otra mitad a nombre de la secretaria y el vendedor era Juan Larios.

“Caramba, aquí hay algo chueco”, comentó Buendía, ¿es el mismo señor que está en la cárcel acusado de asesinato, o no?

“Sí”, contestó Jaime “y me parece que el mismo señor tiene dos pagos cuantiosos en fechas atrás, revisalo”, dijo Buendía, “Sí, tiene uno de 200 mil en enero del año pasado y otro de 400 mil, en marzo del año pasado. El terreno lo ofreció en julio, todos en el mismo año, pero no hay ningún recibo que demuestre que el terreno se le pagó”.

“Sí, es muy sospechoso...Sigue hurgando a ver qué más encuentras”.

“Jefe, encontré documentos que demuestran que el occiso tenía un negocio de cría de perros”.

“Eso explica el por qué del perro en la oficina. Ya me preguntaba eso desde el primer momento que revisé la escena del crimen… Déjame comunicarme con el Negro”… Y así lo hizo.

“Te llamo para preguntarte si ya hay algún reporte de la autopsia”.

“No, no ha llegado ninguna noticia del Semefo”.

“ Te ruego que les llames parea pedirles la autopsia del perro”.

“¿También?, ¿para qué?”

“Necesito revisar una pista, por favor, no vayan a incinerarlo”.

“Correcto, cuenta con ello”,  dijo el Negro.

Mientras se daba la llamada en el pasillo sucedía un hecho sin ningún ruido. Había llegado una pareja sorprendiendo al policía de guardia y él sacó de un pequeño veliz una escuadra 45 y le hizo la seña de silencio apuntándole a la cabeza.

“Toma”, le dijo en voz baja a la mujer que lo acompañaba, “si se mueve le disparas sin miramiento, voy adentro, no tardo”.

Abrió la puerta del despacho e ingresó blandiendo otra pistola que sacó del maletín, se sobresaltó pues  no esperaba encontrar a nadie y calmándose dijo: “no quiero hacerles daño, sólo vengo por un papel y si lo encuentro me retiro en paz”.

Para eso les pido dejen sus armas sobre el escritorio donde pueda verlas. Jaime obedeció y depositó su pistola, señalando con la pistola a Buendía le hizo la seña que seguía él, tranquilamente el viejo detective con su larguísima experiencia, dijo “joven, yo soy un policía jubilado y procuro no andar armado, pues las armas sólo causan problemas, sospecho que usted tiene algo que ver con lo que aquí sucedió ayer por la tarde, ¿o me equivoco?”.

“Yo sólo vengo por las escrituras que ese desgraciado me robó y veo que ustedes han revisado papeles, seguramente encontraron algo a mi nombre. Me llamo Juan Larios y soy cliente del licenciado, así que respóndanme”, dijo apuntando a ellos  su pistola.

“Algo encontré”, dijo Jaime casi musitando.

Buendía le dio una patadita debajo de la mesa para que se callara pero el sospechoso caminó hasta Jaime y le puso el cañón del arma en la cabeza.

“Pues me lo vas a dar ahorita o te vuelo los sesos”, dijo.

 

En eso estaban cuando irrumpió en el despacho el Negro acompañado de ocho policías que habían desarmado a la mujer y luego adentro al que amenazaba a los policías. Sucede que el infractor ignoraba que la policía tiene una clave secreta, si el policía de guardia no se reporta cada 15 minutos a la comandancia, algo muy grave pasa.

El negro no necesitó presentarse como el jefe, la actitud de los demás así lo decía.

Rápidamente, Buendía informó de lo averiguado hasta ese momento incluyendo al presente como sospechoso del doble asesinato.

Por reglamento la pareja fue trasladada en patrullas separadas a la comandancia para el interrogatorio de rigor. Desde luego empezaron con ella, quien declaró ser esposa del detenido y que no quería meterse en problemas luego no iba a decir más hasta que llegara su abogado.

Reconociendo ese derecho, los detectives fueron al otro cuarto, con el detenido, este  aceptó llamarse Juan Larios y ser cliente del abogado muerto, el Negro le dijo: “mira muchacho, estás acusado de dar muerte a dos personas, tenemos pruebas y te aconsejo que te declares culpable para que tu estancia en prisión sea más corta, pues el jurado lo tendrá en cuenta cuando se dicte sentencia, además de que te fugaste de la cárcel, lo que tendrás que explicar pues obviamente es un delito más en tu cuenta”.

En eso se presentó un abogado de nombre Isaac Pérez quien dijo que iba a defender a la pareja, contratado por familiares de ellos.

El detenido habló a solas 20 minutos con él y seguidamente se reanudó el interrogatorio.

Con base en el consejo de su abogado, Juan Larios se declaró en principio culpable pero a su tiempo esgrimiría atenuantes cuando estuviera ante el juez.

Dijo  que fue acusado injustamente de matar a un compañero de trabajo y que él conocía al verdadero asesino, pero su abogado no lo había defendido bien para lo cual le había dado dos fuertes cantidades de dinero en efectivo y luego un terreno que había heredado de sus padres, además de haber abusado de su esposa a la que le solicito sexo a cambio de apurar su excarcelación y ella había aceptado con la promesa de que ello, si aceptaba, pondría a Juan en la calle en dos días, cosa que no se cumplió, pero  su esposa que se llamaba Margarita en una visita a la cárcel, le contó todo y además que en una plática con la secretaria del abogado, ésta, le había comentado a pregunta de Margarita: “¿olvídense de su terreno porque Luis ya lo puso a mi nombre, a mí me parece que andan juntos”, dijo Margarita; lo que fue la gota que derramó el vaso y causó la triple indignación del detenido y en ese momento planearon entre ambos la justa venganza.

Lo primero era escapar de la cárcel, ella le propuso que saliera vestido de mujer y a él le pareció muy buena idea y en la siguiente visita, el sábado le llevó ropa. Se puso doble vestido y doble blusa. Lo demás ya lo saben.

Así concluyó otro caso resuelto por la pareja atómica.

 

¡Ah!, “El Perro” confirmó en el análisis de sus garras el ADN del que resultó ser  el asesino de su amo.

 

*Artista plástico y maestro con más de 50 años de trayectoria.

jcarrillocedillo@hotmail.com

 

 

 

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