PALABRA

¿Existe una ciencia occidental?

Por Rolando Ísita Tornell*
sábado, 9 de marzo de 2019 · 00:00

El planteamiento que contrapone una “ciencia occidental” con una “ciencia autóctona”, “nacional”, no es nueva, lo nuevo es que sea desde la administración pública donde no sólo se plantee la confrontación, o peor, que por ser “occidental” se pretenda eliminar.

Tampoco es de sorprenderse que sea una investigadora quien haga el planteamiento, lo insólito es que sea la titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (que así se sigue llamando mientras el Congreso no discuta y, en su caso, apruebe o modifique la Ley).

En efecto, no son pocos los profesores de física, química, biología; investigadores y hasta comunicadores de la ciencia quienes inculcan o diseminan a sus discípulos que “la ciencia moderna, tal cual la conocemos, surge en la Europa del siglo XVII”; o desde las disciplinas sociales que hay ciencia china, japonesa, alemana, mexicana y de los pueblos originarios.

Hace ya varios años, en un seminario de historia de la ciencia, en la Facultad de Filosofía y Letras UNAM, encabezado por el presidente de la Sociedad Mexicana de Historiadores de la Ciencia, me opuse a la afirmación de una “astronomía china”, argumentando que la ciencia no es otra cosa que la expresión de los fenómenos naturales y/o del cosmos, detectados, analizados y entendidos por humanos; la Luna y sus cuatro fases, su cara oculta, es la misma para cualquier observador desde el planeta; así como la interposición de la Luna entre la Tierra y el Sol, o la Tierra entre la Luna y el Sol, es la misma en Asia, Oceanía, América, África o Europa; no hay eclipses mongoles, tarahumaras o lapones, si acaso cambia el idioma ¡pero el fenómeno es el mismo!, ¡vamos, hasta reproduciéndolo a escala en laboratorio con focos y pelotitas!

Tal vez todo este galimatías se daba a nuestro deficiente sistema público de enseñanza, donde se imponen conceptos pero no se nos enseña a entender el fenómeno; aún sin observarlo, experimentarlo, repetimos como periquitos el concepto hasta que se arraiga hasta nuestra muerte, sin detenernos a indagarlo, desmenuzarlo y confrontarlo con los hechos ajenos a nuestra voluntad, percepción y prejuicios, y concluir que estas afirmaciones no se sostienen con los hechos y conocimientos aportados por la ciencia misma; la genética, la geología, geofísica, la antropología, arqueología, la física, la astrofísica, la neurología, citología, biología molecular, paleontología, historia.

Trabajando en el Instituto Nacional de Capacitación Agropecuaria (INCA-Rural), borrado del mapa por la administración de Salinas de Gortari, justo al inicio de su mandato, fui enviado por el subsecretario de Política y Concertación de la SARH a entender y a videograbar la resistencia de agricultores yucatecos al uso de una variedad de maíz blanco más grande y jugoso, impuesto por los extensionistas de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, que el suyo color ocre con granos duros como muelas; además, se negaban a abandonar su práctica de “tronchar” el tallo con las mazorcas aún adheridas.

En principio, me propuse llegar al lugar por mis propios medios, acompañado sólo por el camarógrafo. No me fue difícil entrar en contacto con ellos y muy atentos me explicaron, con una mazorca del maíz blanco a la mano, que en la región padecían la plaga de un lepidóptero que picaba como muela la delgada cutícula del maíz blanco y grandote hasta su pudrición. Luego me enseñaron el suyo más pequeño y feo, adherido aún a los tallos quebrados por la mitad. No se necesitaba un laboratorio para medir densidades y darse cuenta de que los granos ocres eran durísimos, ni el lepidóptero los podría picar. La explicación de “tronchar” la caña se debía a que la SARH no les había proporcionado silos de acopio, grandes torres cerradas donde se almacena el maíz y son muy peligrosos, explosivos, acumulan gases inflamables que desprenden las mazorcas, “si desprendemos las mazorcas y las amontonamos en el suelo se pudren”, me explicaron.

Mi reporte videograbado fue que no es la falta de un “diálogo de saberes”, los agricultores “bochitos” saben y entienden perfectamente por qué es mejor el maíz blanco, pero es impracticable para su localidad por la plaga, lo que agregaría a sus costos de producción (de por sí pobres) insecticidas, y mientras la SARH no les proporcionara un silo de acopio seguirían tronchando los tallos de la planta ¡por sobrevivencia, no por ignorancia! No eran las especies de maíces (ciencia) ni las “malas prácticas” (ciencia), era el autoritarismo de la SARH y sus extensionistas el problema. Desde luego, sólo duré unos meses más en el INCA.

 

La ciencia occidental nos cuenta historias

En El Mundo y sus Demonios, el astrofísico y divulgador de la cultura científica, Carl Sagan, describe otro caso interesante que derrumba la insostenible idea de que la ciencia se contrapone a los saberes originarios o que éstos sean mejores que la “ciencia occidental”.

Es una tribu guineana ubicada aún en la edad de piedra, aislada por cadenas montañosas, que padecía la enfermedad “kuru” propagada por la práctica del canibalismo.

La enfermedad la atribuían a embrujos maléficos que todo varón herido y deseoso de venganza podía ejercer con ayuda de hechiceros, lo mismo para enfermedades pulmonares crónicas y para la lepra o frambesia.

En alguna época habían tenido la visita de exploradores rusos, en la que estaban incluidos médicos, y después de ese encuentro la tribu había abandonado sus explicaciones mágicas y hechicería. Posteriormente un explorador australiano negó que la tribu hubiera abandonado la magia y la hechicería para explicarse el “kuru” o frambesia, argumentando que recibió una explicación de la enfermedad  de la tribu dibujando con un palo un círculo sobre la arena, describiendo que afuera del círculo todo era oscuridad y dentro líneas ondulantes que eran seres fantasmales invisibles para la mirada, espíritus que escapaban de los difuntos en la noche, se introducían en las personas a través de huecos invisibles en la piel mientras dormían.

Lo que la tribu hizo con el australiano fue intentar explicarle amablemente que el “microbio” responsable de la frambesia era de forma espiral, la espiroqueta que tantas veces habían contemplado en el microscopio del ruso Gajdusek, y no podían menos que admitir que era invisible, únicamente observable al microscopio. Sagan remata la anécdota comentando que él mismo la primera vez que se asomó a un microscopio lo primero que vio fueron sus pestañas y fue aprendiendo a mirar a través del tubo cilíndrico óptico hasta que lo deslumbró un círculo brillantemente iluminado y alrededor oscuro como boca de lobo.

La tribu no tuvo problema alguno en modificar las explicaciones mágicas y de hechicería por la del tubo cilíndrico oscuro, un círculo brillante y seres espirales invisibles a la mirada, usaron su propio lenguaje, pero el fenómeno observado era el mismo que para el ruso Gajdusek y sus médicos, mientras que para el australiano le siguió pareciendo hechicería y fantasmas.

Vamos a la historia. Es insostenible en los hechos la afirmación de que la ciencia “occidental” surgió cual chapopotera, súbitamente, de la nada, sin antecedentes, en la Europa del siglo XVII.

En su obra Los Albores de la Ciencia, Thomas Goldstein, mediante una amena narrativa nos aclara que la ciencia que conocemos no es más que el reflejo de un conjunto de fuerzas en la sombra de su nacimiento, historias de interacciones de los grupos humanos del medio oriente, china, olmecas, toltecas, mayas, árabes, tecnologías germánicas (que además horadaron las bases del Imperio Romano hasta colapsarlo), a su vez alimentados en sus conocimientos por asirios, sumerios (contar, calcular, escribir); los conocimientos acopiados por Alejandro Magno, en su idea de “una ciudad  que ilumine el saber del mundo entero” y sus conquistas hasta casi llegar a la India, donde fue derrotado.

Acopió todos los conocimientos desde la antigüedad en la Biblioteca de Alejandría, (hasta 900 mil manuscritos), fundada por Ptolomeo I, 300 años antes de nuestra era, incendiada y destruidos sus acervos por los primeros cristianos. Tuvo entre sus directores a Eratóstenes, el primero en calcular el diámetro de la Tierra con bastante precisión, usando sólo sombras, ángulos de las sombras y geometría; ahí Aristarco de Samos calculó las distancias al Sol y a la Luna, además de postular que es la Tierra la que gira alrededor del Sol antes que Copérnico, entre 200 y 300 años antes de que nos inventáramos el concepto de “occidente”. Su última directora fue Hypatia, astrónoma y matemática; murió desollada viva por los primeros cristianos.

¿Qué sería de la gravedad en la física sin su expresión algebraica (m)(m)/r2 = F, lo mismo que las leyes fundamentales de la mecánica, la equivalencia de masa y energía de Einstein E=mc2? Según Carl Sagan en su libro Cosmos, de lo destruido por los cristianos en Alejandría sólo recuperamos algo así como el 10% de los 900 mil manuscritos del saber del mundo conocido hasta entonces.

Los árabes ya eran unos poderosos navegantes y mercaderes en el Mediterráneo, ellos adquirieron parte de los acervos de la Biblioteca. Dominaron la Península Ibérica cerca de 400 años, concentrados en Al-Andalus (hoy Andalucía). Ellos desarrollaron el álgebra, sustancial para la ciencia; su arquitectura “morisca” se adelantó a los mosaicos (geometría) de Penrose.

El rey español Alfonso X echó a los árabes de la península, ¡pero no sus acervos de conocimientos! Lejos de eso, con ayuda de los monjes de Chartres, Francia, tradujeron esos conocimientos del árabe al castellano y al latín, y fueron distribuidos a los acervos de los monasterios donde abrevaron todas las mentes que dieron lugar al Renacimiento, sobreviviendo al oscurantismo y supercherías medievales (para nuestra mala suerte, los conquistadores eran de Extremadura, la región más fanática y resistente al Renacimiento).

 

Contraposición a los saberes originarios

Más recientemente los arqueoastrónomos han decodificado los códices olmecas, toltecas y mayas. El conocimiento del movimiento de los astros visibles a la mirada de los antiguos mexicanos resultó perfectamente compatible y preciso como los describieran los renacentistas, sólo que lo lograron antes pero no lo diseminaron al mundo.

La conclusión es que no existe una mecánica del cielo nocturno maya, olmeca, tolteca y europea ¡porque el cielo es el mismo y los que se mueven son los astros, veré sus movimientos igual en la polinesia, que en el Ajusco, Sussex o la Sierra de San Pedro Mártir! No existe una ciencia occidental y otras autóctonas. La ciencia es un patrimonio de la humanidad independiente y, a veces, a pesar de los Estados.

Decir que la ciencia “occidental” (inexistente) se contrapone a los saberes originarios, autóctonos, es una manifestación de ignorancia, aunque los ignorantes tengan doctorados y posdocs; eliminar a la ciencia y excluir a sus investigadores es un delito de lesa humanidad. Sin la ciencia y la exclusión de los investigadores no habrá transformación alguna. Los profesores de enseñanza de la ciencia también deben dejar de inculcar imprecisiones que no se sostienen en los hechos ni en la historia.

 

*Periodista y divulgador de la ciencia

 

 

 

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