La libertad de expresión, de prensa y de imprenta

El periodismo e imprenta nacieron políticos aún antes de la invención de los dos
sábado, 11 de mayo de 2019 · 15:23

Por: Rolando Ísita Tornell*

 

Me instalé en la terraza de la boutique de vinos sobre la carretera Tijuana-Ensenada. Pedí vino quesos y fiambres, desplegué mi ejemplar del periódico del día y me dispuse a leer y disfrutar la vista al mar. Un chico de la limpieza se afanaba en quitar el polvo de mesas, ventanas y, algo incómodo, noté que me miraba. El chico se percató de mi incomodidad y muy atento me dijo: “me llama la atención que esté leyendo, nunca he visto a nadie que venga a este lugar y se ponga a leer” y, desde su percepción, remató: “la gente aquí no lee”.

No es nada particular de ningún lugar en nuestro país, en general existen muy pocos lectores confrontados con el número de habitantes, además que habría que diferenciar la lectura de libros que de periódicos y revistas. Podría afirmarse que, en México, aunque el índice de analfabetismo sea muy bajo, 5.5 por ciento en 2015, le gente no acostumbra a leer. De ahí que me resulten sorprendentes las expresiones de alarma y confrontación entre el presidente y la que él ha llamado prensa “fífí” o consevadora.

Ninguno de los diarios que se autocalifican de “circulación nacional” alcanzan tirajes de más de 250 mil ejemplares, para una población potencialmente lectora de más de 87 millones y medio de personas entre los 15 y 65 años; frente a la radio y la televisión el público de la prensa impresa es ínfimo.

Sin embargo, son los diarios impresos los que “calan”.  ¿Por qué? Puede haber diversas explicaciones. Una de ellas es que los llamados líderes de opinión y los tomadores de decisiones (empresarios, funcionarios públicos y/o políticos) ponen particular atención al contenido de la prensa escrita. Asimismo, los diarios son los de mayor impacto en la percepción que del país se tiene en el exterior.

Con líderes de opinión no me refiero a los conductores de noticiarios o columnistas, sino a aquellas personas que, en las familias, los barrios, las agrupaciones gremiales están más sometidas a los medios de comunicación. Ellos o ellas no constituyen la llamada “opinión pública” sino que refuerzan las tendencias de esa “opinión” inducida a través de la selección y discriminación de los hechos que se informan en los medios de comunicación.

 

Comenzó la difusión del conocimiento

En nuestros días, Internet y la redes sociales han irrumpido en el fenómeno de la información pública, aunque por el número de usuarios conectados a Internet y la muy cuestionable “veracidad” de sus contenidos es difícil considerarlos condicionantes de las opiniones predominantes, y mayormente van a la zaga de las tendencias de opinión en niveles ínfimos de argumentación y razonamiento.

Los periódicos aludidos como conservadores por el presidente le han reclamado esas alusiones como amenazas a la libertad de expresión, lo cual dista mucho de ser real, sobre todo si consideramos tal derecho infinidad de veces conculcado a lo largo de la historia de la indisoluble relación de la prensa y el poder no solo en nuestro país, y desde que Gutenberg inventó la Imprenta de tipos móviles.

El periodismo e imprenta nacieron políticos aún antes de la invención de ésta. Se sabe que en la Roma de los Césares los grafitis en las paredes de las calles criticaban ya a los políticos y, tal como describe el investigador, historiador y comunicólogo español Alejandro Pizarroso en su libro Información y Poder, “el noticierismo manuscrito está ligado al desarrollo urbano (…) El desarrollo burgués y la riqueza de las ciudades constituirían un caldo de cultivo para los nuevos modos informativos”.

La noticia manuscrita, según Pizarroso, surgió entre los siglos XIV y XV alcanzando su máximo apogeo en el XVI, en Inglaterra se convierte en una verdadera industria de interés político y económico. Muy famosas y de gran impacto fueron las “hojas volantes” o de mano a mano que hoy día los publicistas siguen usando como “flayers”, o en México, que en 1968 brincaron el cerco informativo impuesto por el gobierno de Díaz Ordaz en el alegre y dinámico movimiento estudiantil que terminó por sacar de sus casillas al monarca sexenal y lo detuvo a sangre y fuego el 2 de octubre.

La verdadera dimensión que supuso la invención de la imprenta por Johann Gutenberg en 1440 rebasa con mucho el mero avance técnico de la impresión de cientos o miles de ejemplares de un mismo texto. La difusión de las ideas, del conocimiento científico, las corrientes literarias y muchos progresos de la inteligencia humana no hubieran trascendido sin la contribución de la imprenta de tipos móviles.

Simultánea al noticierismo manuscrito, la imprenta, el periodismo, la política, ha sido la censura desde cualquier tipo de poder y, en paralelo, el arte de capear esa censura, eludirla hasta alcanzar el rango de derecho humano: la libertad de expresión, derecho a informar y estar informado han tenido una existencia dialéctica y muchas veces infortunada.

En el momento que surgió la imprenta, el desarrollo de los burgos, la multiplicidad de monarquías y creencias religiosas adversarias hicieron de la Iglesia el factor de unidad y poder en Europa, la que inmediatamente se abocó a controlar las ediciones a través de la Inquisición y obligar a los editores a registrar sus talleres y permitir o no las publicaciones previa censura.

Curiosamente también, los editores buscaban asegurar sus intereses amenazados por ediciones falsificadas solicitando al poder que reglamentara las imprentas dando lugar al efecto no deseado de la censura, como sucedió en Inglaterra de 1643, de acuerdo a Geroges Weill en su libro El Periódico, y es ese episodio en el que se atribuye al poeta John Milton los alegatos que dieron lugar a la libertad de imprenta, prensa, de expresión, de información. “Matar a un hombre, escribió Milton, es destruir una criatura razonable; pero ahogar un buen escrito es destruir la razón misma”.

 

Escribir y publicar de forma libre

La libertad de manifestación de las ideas, de escribir y publicar textos sobre cualquier materia están amparados por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en sus artículos 6° y 7°. Las ideas no serán objeto de ninguna inquisición judicial y administrativa, salvo que ataque la moral, los derechos de terceros, provoque delitos o perturbe el orden público. Y ahí es donde la puerca ha torcido el rabo: ¿quién define moral, con qué criterio?, ¿cuándo una idea puede considerarse provocación de un delito o incitar al desorden?

De igual forma es inviolable la libertad de escribir y publicar, ninguna autoridad puede establecer censura previa, ni exigir fianza a autores e impresores, ni coartar la libertad de imprenta cuyos límites son la vida privada, la moral y la paz pública. La mayor parte de nuestra historia moderna, desde el siglo XIX, estos derechos han sido infinidad de ocasiones letra muerta.

La prensa conservadora o “fífí” ha descrito al presidente como mesías tropical, gansito, dictador, tirano, autoritario y otros adjetivos, pero nunca como ahora los reporteros de a pie habían podido preguntarle al presidente lo que les venga en gana (salvo llamarse Jacobo o Joaquín). Yo fui reportero en la década del 70 y no sólo no se podía entrevistar al presidente, ni siquiera a los secretarios de Estado, y cuidado con escribir que Fidel Velázquez era en eterno líder sindical, la Secretaría de Gobernación no se veía, pero ¡cómo se sentía!

 

“La prensa conservadora o “fífí” ha descrito al presidente como mesías tropical, gansito, dictador, tirano, autoritario y otros adjetivos, pero nunca como ahora los reporteros de a pie habían podido preguntarle al presidente lo que les venga en gana (salvo llamarse Jacobo o Joaquín)”.

 

*Periodista y divulgador de la ciencia.

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