Enseñarnos a sobrevivir como especie… Sólo fue un sueño

sábado, 25 de mayo de 2019 · 09:09

Por Rolando Ísita Tornell*

Soñé mis primeros días en la escuela primaria, pública, federal, con el nombre del prócer insurgente y primer presidente de la República independiente, Guadalupe Victoria.

Era la segunda mitad de la década del 50, en el extremo suroeste de la capital, aún con milpas, granjas y el primer cinturón de barrios exclusivos de los “beneficiarios de la Revolución”.

La primaria oficial M-460 tenía un enorme terreno y estaba construida a la usanza californiana de aquella que dejaba de ser “villa” (Inn) y comenzaba a ser engullida por la megalópolis, pasando a ser una colonia más inundada de moles de acero, vidrio, y miles de empleados administrativos de empresas.

En el algo más que un jacal y menos que una aula de escuela, donde cabíamos 30 mocosos con tarjetita y listón de color prendido al suéter por si nos extraviábamos en la inmensidad de la escuela, rodeada de huertos y terrenos baldíos, muchos árboles escalables, abetos, pirules y mucha tierra labrable, un paraíso infantil.

Entró al salón la que debía ser la maestra, como soldados entrenados los niños nos pusimos de pie simultáneamente en un acto de respeto cívico que ya nos había inculcado la misma escuela desde el jardín de niños.

¡Buenos días!, fue lo primero que dijo estrechando sus manos. Buenos días, maestra, respondimos en coro. “Soy su profesora Consuelo Román. ¿Saben quiénes son ustedes? ¡Alumnos!, respondimos a coro… Mhh, sí, pero son algo más importante todavía ¿quién me quiere decir que son ustedes más importante, levanten su mano. ¡Bah, tenía que ser el sabihondo ese, Lobato! “Niños, maestra”, dijo con aplomo. Sí, los niños son muy importantes, continuó la “seño Chelo”, pero hay algo todavía más importante que ser alumnos y niños… Ustedes son… ¡nuestros cachorros!

“Guau Guau”, bromeó Cardiel. “Más o menos así, pero un poco más evolucionados”, dijo la maestra Chelo en vez de reprenderlo. Ustedes son cachorros de los humanos -continuó-, así le decimos a nuestra especie animal. Somos una más de entre cientos de millones de especies, como los perritos, los gatitos, las aves, las vacas, las moscas, los peces… y muchísimas más.

“Nuestro deber como maestros, como escuela primaria, es preparar a nuestros cachorros para la sobrevivencia, una gran proeza que hemos logrado desde hace un millón de años, cuando no teníamos más que nuestro cuerpo y esa gran herramienta con la que la naturaleza nos dotó para enfrentar sus retos, nuestro cerebro.

“Sin lo que hace nuestro cerebro tal vez habríamos desaparecido, estábamos asediados por otras especies feroces que no sólo atacaban a los cachorritos sino a los adultos también. “Nos hubiéramos defendido con rifles, terció el chaparrito Marcos”.

 - No los habíamos inventado, Marcos, no teníamos ni siquiera arcos ni flechas -aclaró la profesora.

- Entonces hubiéramos corrido- sentenció Marcos. Ja ja, rió condescendiente la seño Consuelo, “yo se que corres muy rápido Marcos, pero hoy mismo cualquier perrito o gatito corre más rápido que tú, no se diga un tigre dientes de sable (que no es tigre) o una jauría de chacales, o las aves de rapiña que en un descuido se llevaban a los bebés.

- ¿Entonces qué hacemos aquí?” -intervino inquieto el “matadito” de Lobato, “¡debimos habernos extinguido!”, remató.

- ¡Eso es exactamente a lo que venimos a la escuela! -exclamó la profesora, recordar que lo que hicimos fue entender a la naturaleza, a las otras especies, cuáles plantas podemos comer y cuales nos hacen daño, que las plantas tienen semillas que podemos sembrar; animales, ¿cómo son?, ¿cómo se mueven?, ¿qué comen? y adaptarnos a cada reto que nos ponía, frío, calor, sequías, fieras… Y la proeza más importante, la curiosidad nos hizo movernos de un pequeño lugar en el continente africano hasta ocupar casi todo el planeta. “¿Caminado?”, exclamó Mayorga.

– Sí, Paco, caminando, nos llevó decenas de miles de años, quizá muchos de nosotros somo descendientes de los que más lejos llegaron, ¡hasta el continente americano!, remató la maestra, y agregó: aprendimos hacer fuego, a sacarle filo a las piedras, a leer el cielo estrellado, la Luna y el Sol, para entender cuándo hará frío, cuándo hace calor, cuando llueve, hacia dónde vamos en nuestro caminar, cuándo crecen las plantas, cuándo se acaban para renacer después.

– Usando y alimentando nuestro cerebro, pensando, aprendimos también a contar, calcular, hacernos nuestra ropa para soportar el clima, hacer instrumentos cada vez más precisos; entendimos cómo sucede que las aves vuelan, que si los troncos de los árboles flotan en el agua bien podríamos hacer con ellos naves para flotar nosotros subidos en ellas, y los ríos, lagos y mares dejaron de ser un límite a nuestro andar por el mundo. Como todos ustedes saben, ¡ya logramos escaparnos de la Tierra para explorar los mundos que nos deja ver la noche; ya no nos matan las enfermedades porque le arrancamos sus secretos a las plantas y a la naturaleza en general para curarlas. Así, pues, cachorros, venimos a la escuela a recordar todas esas proezas, cómo las hicimos y tratar de seguir haciéndolo cada vez mejor.

Entonces desperté de mi sueño. Me preparé un café y me dirigí a la puerta para recoger el periódico del día. Leí un encabezado que decía: “se acabó la mal llamada reforma educativa que mejor era una reforma laboral”, “se apoyará a las normales de maestros” y, tristemente, no leí nada que hablara de ¿qué es lo que vamos a enseñarle a los niños, a los cachorros de Homo sapiens nacidos en México?

 

*Periodista y divulgador de la ciencia.

 

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