Por la razón o por la fuerza

Opiniones sobre el reguetón de personas con un nivel cultural muy superior

sábado, 8 de junio de 2019 · 09:22

Por Alberto Montes Lepe*

Creer que eres mejor que los demás porque lees unos libros, ves unas películas u oyes un tipo de música es una evidencia del fracaso de la educación pública en México.

El simple hecho de que existan personas que piensen que efectivamente pertenecen a facciones ideológicas confrontadas por los tipos de ruidos que salen de unas bocinas, legitima que vuelvan a detener a la maestra Elba Esther.

Con esto no quiero decir que quienes toman esta postura de pertenencia a una sub-cultura no sean apasionados de la música. Lo que quiero decir es que no saben nada sobre ella.

El espectro de impacto de la música es tan amplio que no se puede reducir sólo a su valor artístico, cumple con una función social, ideológica, fisiológica y hasta neurológica.

Sobre este último apartado, el neurocientífico estadounidense Daniel Levitin, en su libro This is your brain on music, menciona que la etapa adolescente marca nuestros gustos musicales a lo largo de nuestra vida, pues es el momento en el que el cerebro está más perceptivo a los estímulos, sobre todo por el factor novedad.

Esto quiere decir que nuestros consumos quedan en cierta medida preestablecidos por la reminiscencia de un placer primitivo que posiblemente nunca vuelve a recibirse en las mismas cantidades en la adultez.

El fenómeno, según Levitin, no se reduce al espectro musical, sino también al de las sensaciones amorosas y sexuales, lo cual repercute en la idealización del primer amor o a la primera escucha de los solos de guitarra de Slash.

Esto puede significar una contracción de posibilidades de placer que nos brinda la música en general, vista como un todo, sin tomar en cuenta los géneros.

 

Para perrear hasta el subsuelo

La música, por otro lado, cumple una función social unificadora de masas y comunidades, la cual también va mucho más allá de cualquier interpretación artística.

Dicho de otro modo, si el único contexto de apareamiento en el mundo fuera una pista de baile repleta de chicas sexis, los esnobs regresarían a casa derrotados caminando por la vergonzosa vereda de la virginidad. Es en este tipo de escenarios cuando la selección natural nos beneficia como sociedad y como nación.

Imaginen a un adolescente rockero de esos que usan camisetas negras de algodón rasposo con estampado de banda en su cuarto disfrutando a Greeta Van Fleet y, en la habitación contigua a su hermana mayor oyendo a J. Balvin.

Los estímulos de placer son los mismos en ambas cabezas. La única diferencia es que, bajo los parámetros estéticos de Kant, Greeta, al ser una propuesta anticuada, tiene un lugar mucho menos relevante en la progresión del arte.

A pesar de que el rock es música de señores, para ser justos, tiene algunas cosas en común con el reguetón.

Ambos géneros, fueron hibridados desde la escena subterránea urbana. Cuando emergieron al mainstream, se volvieron el género preponderante en las listas de popularidad. Esto trajo consigo que fueran criticados por la hipersexualización de sus contenidos rítmicos, líricos y/o sus de propios artistas.

Se generó además un debate en el que grupos de personas que oían otros géneros, considerados “cultura alta”, criticaban la simpleza de las estructuras de las canciones del rock.

Por otro lado, los miembros más conservadores de la sociedad interpretaban al género como la muestra definitiva de la decadencia moral de la juventud de la época.

Los músicos del rock, al emerger a la popularidad masiva, fueron considerados mamarrachos, mal vestidos y ridículos.

Las críticas a Mick Jagger por la misoginia en sus letras viajaron en el tiempo medio siglo en forma de críticas en contra de la misoginia en las letras de Maluma.

Estar en contra del auto-tune, es el equivalente del siglo 21 de estar en contra de las guitarras eléctricas en el siglo 20.

Debemos entender que, la historia de la música está subordinada a los desarrollos tecnológicos para producirla y prescindir de ellos es reducir las posibilidades de progresión y evolución de esta arte.

Dentro de todos los géneros hay música valiosa y bien hecha, que cumple con una, varias, o todas las funciones que debería, muchas veces inclusive los estándares menos importantes: de los críticos amateur y periodistas especializados.

 

Maluma está aquí y viene por tu morra

Sobre este hábito de dotar de estatura a un concepto tan ambiguo como la cultura, el escritor británico Nick Hornby (un reconocido melómano, por cierto) en una entrevista del 2016 para el periódico español El Cultural mencionó:

«Hoy en día, la cultura pop no existe. Sólo existe la cultura. Ya no hay una alta cultura y una cultura popular. Las canciones de Bob Dylan reflejan tan bien su sociedad como lo hizo Cervantes con la suya propia en su momento. No veo diferencia entre una comedia televisiva y una obra de teatro. Tampoco la veo entre la televisión y una novela»

Para finalizar, añadió que «series de televisión como The Wire o Los Soprano son como novelas victorianas, brillantes y profundas. Y no sólo eso, podría decirse que todo lo que hoy consideramos ‘alta cultura’ fue en otro tiempo cultura pop. Dickens, Shakespeare, escribían para el pueblo. Se convierte en ‘alta cultura’ simplemente porque persiste en el tiempo, sobrevive»

 

 

*El autor es experto en G. W. F. Hegel.

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