Vida

UNA MONTAÑA RUSA EMOCIONAL

Con frecuencia mal diagnosticado, el TLP combina factores genéticos y ambientales que ocasionan en las personas una gran dificultad para regular las emociones
martes, 8 de junio de 2021 · 00:34

AGENCIA REFORMA
Ciudad de México

Si hubiera tenido un diagnóstico oportuno, todo habría sido diferente.

Así lo expresa Alicia, quien tras búsquedas incansables, múltiples consultas, valoraciones erróneas y juicios sociales, fue diagnosticada con Trastorno límite de la personalidad (TLP) hasta los 34 años.

“Yo vivía en la incertidumbre y en la búsqueda infinita”, comparte la mujer, hoy de 37 años. “Cuando ya supe realmente qué me pasaba, sentí muchísimo alivio”.

Reconocido de forma oficial en la década de los años 80 como parte de los trastornos de la personalidad, el TLP aún es desconocido en la sociedad.

Esta falta de conocimiento suele ocasionar que las personas que viven con él demoren años hasta recibir un diagnóstico certero, sean víctimas de prejuicios y vivan con grandes afectaciones.

“Suele pasar que algunas de estas personas crecen en un entorno en el que se les manda el mensaje de que lo que sienten o lo que piensan no es válido y entonces eso les hace difícil (llegar al diagnóstico)”, señala el psicoterapeuta Dionicio Galarza.

El número de personas con esta afección que no son diagnosticadas de forma oportuna son altas, apunta, aunque es difícil obtener una cifra exacta.

Al conmemorarse en mayo el mes de la concienciación sobre el TLP, especialistas y pacientes invitan a conocerlo y derribar los estigmas.

COMBINACIÓN DE FACTORES
Al igual que ocurre con otros trastornos de la personalidad, los síntomas del TLP empiezan a manifestarse en la adolescencia y se consolidan en la vida adulta.

Su principal característica es que las personas presentan una gran dificultad para regular las emociones.

“Tienen una predisposición a tener emociones intensas”, detalla Galarza, “a tener más incidentes de emociones de los que tendrían otras personas y a tardar más en regresar a la calma después de haber tenido un incidente con una emoción intensa”.

No se sabe cuál es la causa exacta de esta afección, pero las investigaciones sugieren que se debe a la combinación de factores genéticos y ambientales. Un elemento común en muchos de los pacientes es haber vivido acontecimientos traumáticos severos en su infancia.

Quienes desarrollan la afección suelen describirla como vivir en una constante montaña rusa de emociones.

Tanto los estados emocionales positivos como alegría y entusiasmo, y los negativos, como tristeza, enojo y ansiedad, suelen vivirse con gran intensidad, indica el médico y psicoanalista José Sanper, fundador del Centro de Desarrollo y Bienestar Psicosocial.

“Las personas con TLP sufren mucho y por eso es tan importante prestar atención en este tema”, apunta. “No saben por qué les da tristeza, no saben por qué de pronto se sienten profundamente tristes y lloran aunque no haya pasado nada”.

Por conflictos o frustraciones pequeñas, detalla, tienen reacciones desproporcionadas.

La intensidad emocional les puede llevar a tener conductas impulsivas o colocarse en situaciones de riesgo. También es más común que incurran en conductas autolesivas.

No poder manejar las emociones de manera efectiva, apuntan los especialistas, los hace más propensos a tener mayores dificultades en sus relaciones interpersonales.

Junto con el padecimiento suelen aparecer otras afecciones como la ansiedad y depresión. Además pueden ser proclives a tener conductas suicidas.

ROMPER EL ESTIGMA
Con el tratamiento adecuado, los pacientes pueden llevar una buena calidad de vida.

Hasta hoy, indica el psicoterapeuta Galarza, tres tipos de terapia han aportado evidencia científica de ser las más efectivas: la terapia focalizada en la transferencia, la terapia basada en la mentalización y la terapia dialéctica conductual.

La que ha demostrado mejores resultados, afirma Sanper, es la dialéctica conductual.

“Consiste en trabajar especialmente la regulación de emociones”, indica, “la tolerancia al malestar, las habilidades sociales y habilidades para el control de pensamientos e impulsos”.

La falta de conocimiento sobre esta enfermedad ocasiona a menudo que se confunda con otras, como el trastorno bipolar y el trastorno de estrés postraumático.

Esto genera que los pacientes reciban diagnósticos equivocados y demoren para llegar al tratamiento que les permita desarrollar habilidades que requieren para llevar una mejor calidad de vida.

“Fue un proceso muy oscuro y muy difícil, pasas por las etiquetas de bipolar, caprichosa, malgeniuda a lo largo de toda una vida, desde niña”, relata Ana, de 46 años y diagnosticada hacia 2018.

“Durante 43 años de mi vida fue demasiado difícil, fue nadar contra corriente una y otra vez con cada diagnóstico”.

Se estima que el 2 por ciento de la población vive con esta condición.

Aunque es tres veces más diagnosticada en mujeres que en hombres, resaltan los especialistas, existe la teoría de que la manera en que son educados los hombres para reprimir sus emociones y no buscar ayuda influye en estas estadísticas.

“Lo que falta es visibilizar en la sociedad esta condición para que no se confunda y para que no pase desapercibida”, subraya Sanper. “Hay que apoyar a las personas que viven con esta condición de personalidad”.

 

LOS SÍNTOMAS

EMOCIONES


+ Cambiantes e intensas.

+ Sensación de vacío.

+ Enojo, tristeza, miedo persistente.

+ Miedo al abandono.

PENSAMIENTOS

+ Negativos, pesimistas y catastrofistas.

+ Autoestima baja y autocrítica negativa.

+ Preocupación alta de que otros les hagan daño.

CONDUCTAS

+ Dificultad de control de impulsos.

+ Tendencia a relaciones inestables e intensas.

+ Comportamientos de riesgo o peligrosos.

+ Conductas autolesivas y/o suicidas.

+ Inconsistencia en metas y proyecto de vida.
 

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