miércoles, 26 de septiembre de 2018
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Gato encerrado

El blues de Woody Allen

Por Hugo García Michel*

Es célebre y ya legendaria la anécdota sobre la ocasión en que la cinta Annie Hall (1977), de Woody Allen, ganó cuatro premios Óscar (a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión y Mejor Actriz Principal) y el realizador no se presentó a la premiación, en la ciudad de Los Ángeles, debido a que esa noche tocaba en un club de Nueva York, con la banda de jazz de la cual era clarinetista.

Esto pinta por completo a Allen como un tipo a quien los premios lo tienen sin el menor cuidado, pero también como un hombre que ama la música, en especial el jazz y la llamada música culta, algo que se refleja en todas y cada una de la cincuentena de películas que hasta ahora ha dirigido.

La estrecha relación entre el cine de Woody Allen y la música –o para mejor decirlo: la importancia de la música en el cine del realizador neoyorquino– data de sus primeros filmes, pero quizá tuvo un papel verdaderamente preponderante en Manhattan (1979), con la majestuosa introducción, en glorioso blanco y negro, en la que la “Rapsodia en azul” de George Gershwin nos lleva a través de un rápido recorrido por diversas y bellísimas vistas de Nueva York. La banda sonora de ese genial (y escribo la palabra genial sin ambajes) filme incluye otras composiciones del mismo Gershwin, como “Someone to Watch Over Me”, “I’ve Got a Crush on You”, “S Wonderful” y “Embreaceable You”, entre otras.

Sin embargo, Allen ya había dado un gran papel a la música en una cinta anterior, la estupenda Love and Death de 1975, en la que la obra de compositores rusos como Sergei Prokofiev e Igor Stravinsky está presente a lo largo de esta sátira inspirada en la gran literatura decimonónica de la Madre Rusia.

Romance con la música

El romance de Woody Allen con la música del llamado American Songbook es notorio. Por eso en sus obras abundan las canciones y obras para orquesta de autores como Cole Porter, Rodgers & Hart y el ya mencionado George Gershwin. Esto resulta notorio, de manera muy especial, en la única película plenamente musical del director: la maravillosa (y deliciosa e intencionadamente cursi) Everyone Says I Love You (1996). En ella, los personajes cantan y bailan a la menor provocación (como buen musical hollywoodense, aunque Allen abomine en general de Hollywood y en su momento dijo que más que un musical, “lo que hice fue una comedia en la que los personajes cantan”, con las notas de standards como “Let’s Do It (Let’s Fall in Love”), “Makin’ Whoopee”, “Chinatown, My Chinatown”, “Just You, Just Me” o la propia “Everyone Says I Love You”, con la que también homenajea a los Hermanos Marx y en especial a su película The Coconuts (1929).

Pero es el jazz antiguo el género que más apasiona a Allen. Por eso en sus trabajos cinematográficos se escucha tanto a músicos de la primera mitad del siglo pasado, como Louis Armstrong, Sidney Bechet, Al Jolson, Fats Waller, Hoagy Carmichael, Benny Goodman,  Harry James, Glenn Miller, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Duke Ellington y Django Reinhardt (a quien de hecho rinde homenaje en Sweet and Lowdown de 1999).

En cuanto a otros compositores de la llamada música culta, además de los dos rusos ya mencionados, el director ha utilizado en sus filmes música de Giacomo Puccini (Annie Hall), Felix Mendelssohn (Another Woman, 1988), Richard Wagner (Crimes and Misdemeanors, 1989), Erik Satie (Husbands and Wives, 1992), Gustav Holst (Manhattan Murder Mystery, 1993), Johann Sebastian Bach (Match Point, 2005), Aram Katchaturian (Melinda and Melinda, 2004), Giuseppe Verdi (A Midsummer Night’s Sex Comedy, 1982) y Gustav Mahler (Scoop, 2006), entre otros.

El rock, en cambio, nunca ha salido bien parado en las cintas allenianas. Es claro que a Woody no le agrada el género en absoluto y lo demostró en un par de escenas muy semejantes, una en Annie Hall y otra en Hannah y sus hermanas (1986). En ambas, el personaje que él interpreta asiste a un concierto de rock, acompañado por mujeres de gustos roqueros (interpretadas por Shelly Duvall en el primer caso y por Dianne Wiest en el segundo), y en las dos ocasiones sale echando pestes de la música que acaba de escuchar (folk rock y punk, respectivamente). La intolerancia al rock es muy clara en él.

“El blues de Woody Allen”, llamé a este texto y, ahora que lo veo y hasta donde recuerdo, no hay un solo blues en la filmografía del director… ¿o lo hay?

*Periodista musical y político, director de revista La Mosca.

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