CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

El vicio de las virtudes

Por Rael Salvador
viernes, 19 de abril de 2019 · 00:00

“El agua se aprende de la sed”. E. Dickinson.

La luz almendrada del Sol traspasa las formas sinuosas, silentes y sensuales, de una garrafa de vidrio verde que reposa sobre algunos tomos de filosofía clásica del estante superior de mi escritorio de madera.

Hay un caracol y un retrato en sepia de un dulce perfil de mujer, enseres griegos y persas, piedras de todos mis caminos, bisutería en collares celestes y el olor mediterráneo de un claustro bajo la lluvia suave.

Medito y escribo, fijo con blandura la vista en el vacío noble de las cosas que me rodean, como quien acomoda con sus manos niebla en una minúscula llanura de espigas eléctricas.

Medito y dejo a la tinta desparramarse en signos y quisiera tener líquidos del mar, algas circunstanciales en los pulmones salados, estrellas de cielos extraños, algunos libros –quizá Marco Aurelio o Séneca– abiertos como escotes a las palpitaciones cosmogónicas de la vida.

Dejo la pluma y revisito ahora los jóvenes apuntes de Doré. Me deslizo en la barranca de un tugurio donde los poetas primitivos humedecen sus gargantas con la densidad etérea de la cerveza, barata miel histérica.

Entonces, acomodándome de nuevo en la pluma, arrecio el trazo y escribo: “Unos encuentran –como dice Jorge Reichmann– consuelo en un cuenco de sopa o en una página de Walter Benjamin”.

¡Baila sobre la arena, baila sobre las uvas, baila sobre las nubes, baila sobre las llamas, baila sobre el inmundo lodo!

¡Todas las virtudes son vicios que se han dominado!

El propio moribundo de Benjamin hubiera preferido el tibio cuenco de sopa.

Estar más cerca de lo que arde.

El oráculo de la Poesía –en su íntima relación con la verdad divina– revela que este mundo es una consoladora ilusión por demás sórdida.

“La claridad está en el reverso de la luz”, nos dice la alquimia verbal de Roberto Juarroz, bardo que desde la liturgia del lenguaje supo ver más allá del ordinario adormecimiento de la conciencia.

“La poesía –indica– es una visionaria y arriesgada tentativa de acceder a un espacio que ha develado y angustiado siempre al hombre: el espacio de lo imposible, que a veces parece también el espacio de lo indecible”.

¿Qué diablos es lo real? ¿Qué es ser? ¿Qué lo distingue de no ser? ¿Qué somos? ¿Qué no somos?

Lo anterior respecto al preguntarnos por lo real.

Y cuando interrogamos con la Poesía, ¿existe algún modo de expresar algo?

¿Cómo puede ser expresado lo real?

¿Y lo irreal?, ¿qué realidad tiene la palabra?

Esto sería hablar, según Juarroz, “desde el abismo en el que estamos con el abismo que somos”.

Bien lo decía Paul klee: “Lo visible es sólo un ejemplo de lo real”.

Tomo entonces la documentación magistral de Aldo Pellegrini para ofrecerla, que es la más adecuada para ese propósito, y de ahí me patrocino este párrafo que ampliamente nos debe ilustrar:

“La puerta de la Poesía –apunta el poeta y ensayista argentino– no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes pueden abrir esa puerta y por ella penetrar a la realidad. La Poesía pretende cumplir la tarea de que éste mundo no sea sólo habitable para los imbéciles”.

Medito y dejo a la tinta desparramarse en un rebaño de hormigas oscuras (de intelección o no, poco importa); pienso en Novalis: “La Poesía es la religión originaria”, y entonces sólo así sentencio: Que digan lo escrito estas palabras que intentan decir lo que no se puede escribir…

raelart@hotmail.com

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