CRÍTICA DE LA RAZÓN CÍNICA

Alberto, cuando tú te hayas ido…

Por Rael Salvador
viernes, 5 de abril de 2019 · 00:00

Nada ni nadie regresa de la muerte.

Y si es así, consideremos que, antes del fin de todo, sólo los hechos permanecen.

Mientras tanto, una y otra vez la canción pasa su luz por el diamante y el color del Universo reina para defenderse de la mediocridad, pariente cercana del desastre y el olvido.

Nuestro mundo vale por sus cantautores, claro que sí; seres que militan en lo hondo del deseo y que, a través de la embriaguez de las palabras y la compañía de una guitarra –maridaje que encuentra siempre su emoción juglar–, profesan la musicalización del poema para que la vida recobre sus maravillas.

Muchísimos años, ¡seis décadas!, de un hombre que humanizó el canto en la alquimia del verso –los propios, pero también los de Quevedo, Machado, Hernández, Neruda, Pedro Bonifacio “Almafuerte”, Cabral, Piero, Violeta Parra–, un amplio paradigma alimentado de sentimientos que Alberto elevó hacia los cielos, cubriendo el mapamundi en la gama de los homenajes, las ofrendas y las traducciones, acercando la poesía a los campesinos, los obreros y a la gente del mar…

Cantos de la cotidianidad y la existencia, impregnados de un sinfín de fuentes, pero sobre todo de donde alguna vez brotó al amor en compañía de la bohemia.

Cortez-Gardel, esos era Alberto. Cantor, poeta, escritor: “Almacén de almas”, “Por los cuatro costados”, “Equipaje”, “Soy un ser humano”, “Desde un rincón del alma”, algunos de sus libros.

Cantamos “No soy de aquí, ni soy de allá”, letra originalmente escrita por Cabral para “El Turco”, Jorge Cafrune, pero internacionalizada por Cortez, un himno de vida –que se da una vez cada 5 mil años–, que cuando Facundo la escuchó traducida al japonés, en un café de Hong Kong, no le quedó más remedio que ponerse a llorar, agradeciendo el milagro al autor de “Castillos en aire”, diciendo lo siguiente: “¿Que hago aquí, como un idiota, completamente solo, sin mis amigos, escuchando mi canción en japonés?”. Con Alberto grabó, en una fiesta de escenarios, en los años 90, un par de CD: “Lo Cortez no quita lo Cabral” y “Cortezías y Cabralidades”.

Muchos lo extrañaremos, porque a lo largo de las sendas y los caminos, muy al lado de los amigos y compañeros de viaje, “callejeros”, tarareamos algunas de sus canciones; porque por él nuestros amores tomaron la forma de compromiso y los LP –“Distancia”, “Como el primer día”, “Poemas y canciones”, “Ni poco… ni demasiado”, “Pensares y sentires”, “La voz de la amistada”, “A mis amigos”, y muchos más, en la categoría de los imprescindibles– acompañaron el crecimiento de los hijos y las alegrías, de las reflexiones y los anhelos; porque la poesía y la música, la amistad, el árbol, el perro, la rosa de todos los días, tú y yo, y la sombra que tanto creció, permitieron, de alguna mágica forma, crecer al cobijo de una voz que musicalizó el total de su vida.

Nada regresa de la muerte. A partir de mañana, vaga tu recuerdo por los sentimientos encendidos…

Todo dice adiós, y por lo mismo, nada carece de sentido. Alberto Cortez queda en el territorio de lo absoluto… y nosotros somos sus herederos –con la voz, con la palabra, con la alegría–, como antes lo fuimos de Cabral, Chabuca Granda o Atahualpa.

Ya lo decía Horacio Guarany: “Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida misma es todo un canto”.

raelart@hotmail.com
 

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