DESDE HOLANDA

El paraíso tropical

Por Dianeth Pérez Arreola
miércoles, 17 de julio de 2019 · 00:00

Todo empezó hace más de dos años, cuando llevamos a nuestra hija menor a sus primeras clases de natación. Acababa de cumplir cinco años, que es más o menos la edad en que todos empiezan, pues con tanta agua y tantos canales en todo el país, es tan indispensable aprender a nadar como lo es andar en bicicleta.

Lenta, muy lentamente, fue avanzando de niveles hasta que dos años después pensábamos estaba lista para presentarse a las pruebas para obtener su diploma básico de natación. Para nuestra frustración no fue seleccionada y tuvimos que esperar varios meses más.

Mi marido y yo acordamos que si no la invitaban al examen de antes del verano, ahí acabarían las clases. Nada de levantarse temprano y salir corriendo cada sábado; la niña ya nadaba y por no hacer bien el movimiento de un brazo en un tipo de nado, no íbamos a renunciar a tener fines de semana más tranquilos.

Para motivarla a hacer su mejor esfuerzo, mi marido en un arranque de locura le prometió que la llevaría al Tiki Bad, la piscina más famosa de Holanda; un paraíso tropical con muchas piscinas bajo techo y otras más al aire libre, con toboganes, fuentes, ríos artificiales y todo aquello que a los niños les encanta.

La pequeña pasó su examen, obtuvo de diploma y era hora de cumplir la promesa. Preocupada porque mi marido no pudiera cuidar de las dos, decidí acompañarlos y cuidar de los tres, a pesar de que odio las piscinas públicas. No es por mostrar mi cuerpo en traje de baño; a estas alturas de la vida los placeres gastronómicos van antes que la vanidad.

La dichosa piscina se encuentra dentro de un parque de diversiones, y salía mejor comprar un boleto para acceder al parque y a la piscina. Decidimos que era mejor empezar por la piscina, porque tal vez habría menos gente. Pues lo mismo pensó media Holanda; estaba llenísimo tipo piscina japonesa. Yo solo pensaba en buscar un rincón para hacerme ovillo y llorar las siguientes dos horas.

Vi lo que hubiera visto en cualquier piscina del mundo: niños antisociales, cuerpos con obesidad, un catálogo de los peores tatuajes. Me recordó el campamento familiar de hace cuatro años cerca de Tijuana; solo faltaban las bocinas gigantes tocando corridos de dudosa inspiración.

Como estaba nublado y hacía viento las piscinas exteriores no tenían mucha gente, así que me planté ahí mientras mi marido hacía excursiones a los toboganes con las niñas, pues para aguantar el frío soy más vikinga que los holandeses. Cuando por fin pudimos convencer a las criaturas de abandonar la piscina para ir al parque, me di cuenta que el orden elegido significaba andar de cara lavada el resto del día.

Las holandesas podrán andar así todo el tiempo, pero para una latina andar sin maquillaje es tan incómodo como usar dos zapatos de distinto color. La perspectiva de andar con cara de sobre manila en público no me entusiasmaba para nada, pero con tal de salir de aquella jungla acuática, tener más de un metro de espacio alrededor y dejar de oír aquel griterío multiplicado por la acústica del lugar, me pareció un mal menor.
 

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