BAJO PALABRA

La sombra de tu sonrisa

Por Hadassa Ceniceros
viernes, 14 de febrero de 2020 · 00:00

Soy de una generación que aparentemente no tuvo necesidad de usar aparatos de ortodoncia o más bien de un sector de la población que no tuvo acceso a ello. El cuidado bucal se entendía como tener hábitos de higiene cotidianos y en casos específicos alguna consulta con el dentista.

No recuerdo con claridad cómo eran los dientes de mis amigas y amigos. Los nativos ensenadenses se distinguían de quienes éramos de otros lugares del país por el estado de los dientes.

El flúor en el agua de la región dejaba su marca en las sonrisas de compañeros en la escuela primaria. Más allá de eso, tener los dientes chuecos o empalmados no parecían ser asunto de mayor preocupación. En mi familia fuimos afortunados “salimos” con buenos dientes, bien alineados cuando menos.

A los quince años tuve una amiguita norteamericana que usaba frenos, aprendí que se decía teeth braces en inglés. En mi mundo de entonces no había conocido jóvenes con esos aparatos dentales.

Joye, mi amiga, siempre tuvo sus dientes frontales grandes y ligeramente cruzados, yo la miraba atenta a todo lo que implicaba tener aquellos alambres en la boca.

Los tiempos cambian y la atención a algunos aspectos de la salud y la estética cambian también. Por razones funcionales de mandíbula y consecuencia de impacto con el oído, me han recomendado un tratamiento de ortodoncia.

Debo decir que desde la primera sugerencia me ha parecido un tanto tardío e innecesario por no decir anacrónico, pero las explicaciones de las médicas especialistas han logrado convencerme de la pertinencia y bondades de este procedimiento.

Heme aquí pues, con frenos en los dientes, comiendo comida blanda y preocupada por el cepillado constante de mi dentadura. Se escucha un tanto absurdo, pero me estoy atendiendo los dientes porque estoy perdiendo el oído.

En un efecto dominó llevo ahora la boca de un adolescente, los malestares de la tercera edad y sufro los percances de traer los dientes sujetos con alambres, en fin, debo aprender ahora que enderezar (se) es una posibilidad a cualquier edad y que las experiencias no vividas en la infancia, tienen aún espacio en la vida siempre y cuando acepte uno la posibilidad de cambio para mejorar.
 

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