BAJO PALABRA

Las horas muertas

Por Hadassa Ceniceros
viernes, 31 de julio de 2020 · 00:00

Las largas horas inactivas, los vacíos silenciosos en las dinámicas cotidianas, hacen que la mente vuele por acontecimientos de variado tiempo y que guardan algún significado en nuestra vida actual. En un instante recuerdo compañeras de primaria con quienes nunca medió una palabra, una conversación ni siquiera un saludo.

Veo entre neblina la figura delgada y pulcra de mi profesora de cuarto grado siempre con su blusa blanca y falda negra recta, recuerdo sus uñas arregladas con barniz rojo y sus labios de un rojo fuerte también.

En otros momentos mis recuerdos son menos felices, me angustia salir tarde de la casa para llegar a la escuela, me apena con anticipación ser reprendida por mi impuntualidad, prefiero no desayunar a llegar tarde. Me acostumbré a ser tan puntual que cuando estuve sola viviendo en casa de asistencia en Guadalajara, establecía el día y la hora en que me visitaba mi novio, nunca me excedí.

El tiempo vacío de estos tiempos me lleva a los días de visita de hospital junto a la cama de mi padre, cumplía con atención mi turno como si fuese enfermera, conversaba con mi papá cuando (ya enfermo) él se sentía de humor, pero nunca supe qué hacer cuando lloraba nostálgico por episodios de su vida de juventud.

Mi madre por su parte siempre fue dada a la conversación y a la broma, pero nuestra comunicación se veía obstruida por reproches y reclamos, ahora pienso, sin sentido. La mujer de edad que soy hoy piensa que habría sido sencillo tener diálogos amenos y divertidos. Eso es lo malo, le vienen a uno los recuerdos de tiempos atrás y somos los de ahora, los de éste tiempo quienes valoramos, a veces con demasiada severidad, el comportamiento que tuvimos cuando jóvenes.

En esas horas silenciosas me imagino cantándole una canción en inglés a mi hermana fallecida, me veo años atrás leyendo para mi padre algún pasaje bíblico de su preferencia, el salmo 91 por ejemplo, en lugar de distraerlo con conversaciones festivas para alejarlo de la idea de la muerte, su muerte.

Se anima uno ante la rigidez del propio o insensible comportamiento de juventud al pensar que lo hicimos por buenas razones. El hecho cierto es que, en todo recuerdo de mí misma, quisiera poder haber sido mejor.

Las horas que van de un silencio a otro, del último adiós al presente, se llenan con la confrontación de nosotros ante el espejo.
 

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