PSICOLOGÍA INFANTIL

El coincidir en un hogar: Destino o casualidad

Por: Psic. Laura Beltrán Padilla*
jueves, 25 de noviembre de 2021 · 00:00

En la quietud o no quietud del hogar, tanto los objetos como las personas forman parte de un espacio, e inclusive, damos un lugar protagónico a cada uno, según nuestro esquema de valores. Alguien decide que esa habitación, gabinete y/o juguetero estén ahí por un motivo, tal vez, por la llegada de un pequeño ser a la familia. Lo que sí, los adultos solemos decidir sobre los objetos y en ocasiones no sabemos cómo llegaron hasta ahí; por casualidad o no, pero forman parte de un contexto.

El instinto del ser es el crecimiento. Cuando hablamos de estar en grupo, compartiendo, situamos a los objetos y a las personas en un lugar determinado. Se tarda más en construir que en deconstruir, al construir admiras y te motivas. En cambio, cuando deconstruyes tiende a ser doloroso y, en ocasiones, hasta castrante.

Entre millones de personas que habitamos esta tierra, dos coincidimos en un momento dado. Algunos lo llaman energía, producto del destino o predestinados por un ser divino. Lo que sí, de un desenlace surgen pequeñas o grandes historias.

Se me vienen a la mente un par de niños en consulta reciente. Curiosamente varones y primogénitos, de contextos diversos. La similitud, entre ellos, ser producto de un proyecto de pareja y en actual, proceso de separación conyugal. La pregunta obligada a cada pequeño paciente es: “¿Cómo estás?” A lo cual me respondieron ambos: “Muy mal”. “Mis papás se van a separar”.

Pregunto: ¿Qué llevará más tiempo, construir o destruir? Construir ¡Claro está! Ya que cuando se suma la energía positiva, por lo general, se mueve en dirección al esmero. Así como al preparar un viaje, la ida se torna más motivante.

Cuando una familia se separa, quedan fragmentos de una historia compartida. ¿Qué pasa con la identidad de ese pequeño ante tal impacto emocional? No solo tiene que preocuparse por ver a papá y mamá, sino también por sus objetos más preciados que quedaran lapidados como parte de un proyecto de vida inconcluso.

Pese a los padres separados, reconozco el valor del estar sentados frente a mí en consulta, por el interés de ayudar a su hijo en este proceso difícil. El menor intenta mover las piezas en cierta dirección y por ello se rebela ante su realidad. Por algo están ahí, conmigo, requieren ayuda.

Les hago ver a los padres que la esencia de su hijo fue sembrada por ellos mismos. Su hijo, fue sacado de tajo, de raíz, para reubicarlo en otro espacio, expuesto al exterior. En este caso, esa planta será dividida en dos porciones y será colocada en un lugar especial o no, según ellos consideren en cada hogar. Mucho depende de ellos, claro está, para que el niño vuelva a confiar en sí mismo, pueda resurgir ante tal caos y vulnerabilidad.

Para un pequeño, no cabe duda, es importante su identidad. Los niños, por lo general, sacan provecho en casa de espacios recónditos y hasta descubren en sus juegos y escondidas cosas maravillosas. El experimentar y regocijarse es un nutriente para el corazón, pero cuando se cierra la llave de un espacio, solo queda el diván de los recuerdos y añoranzas.

Cada integrante de la familia forma parte de un duelo. Pero un niño, tarda más en sanar y, más aún, porque el adulto está cerrado a sus propios proyectos, posiblemente por el intento de “no sufrir”. Cerrar la puerta de un hogar lleva su tiempo, no dejemos a los niños vivir su duelo en soledad, así como dedicamos tiempo al construir, hay que darse tiempo para remendar. Para crear un ambiente más armónico y certero.

laurabelpad@gmail.com



*Posgrado en psicoterapia de niños

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