DÍA DEL SEÑOR

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario Ciclo A

Por Padre Carlos Poma Henestrosa
domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:00

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo

“Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones”
(Mt. 25, 31-46)


Hoy es el último domingo del año litúrgico, y también celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del Universo; el evangelio de San Mateo nos refiere al juicio de Jesucristo como Rey Todopoderoso, el juicio a los hombres en el que se ponderará la conducta de cada uno.

El reinado de Cristo, no es de este mundo, por eso, su forma de reinar es desde la humildad, desde la cruz. Su corona es de espinas, su cetro una caña rajada, su manto un trapo de color púrpura, su trono la cruz. Reina en el corazón de cada hombre y cada mujer que se acerca al prójimo. Reina en aquél que descubre a Cristo en el rostro del mendigo, en la madre angustiada por el hijo que se pierde, en el anciano que se muere en soledad. Cristo debe reinar ya en nuestro interior, porque su Reino ya ha comenzado, pero todavía no ha llegado a su plenitud.

El juicio de Dios es para la salvación de todas las naciones. El resultado del mismo depende de la opción personal de cada uno por la misericordia o por cerrar el corazón al hermano necesitado. Es nuestra actitud ante el ser humano lo que se juzga. El evangelista Mateo abre aquí una gran puerta a la acción salvadora de Dios con toda la humanidad y actualiza la presencia de Jesús en los débiles los pequeños, los marginados, los excluidos, los estigmatizados. Si quieres ayudar a alguien, hazlo en vida, hermano, porque el Cristo triunfante en el cielo es mendigo en la tierra.

Dios no nos juzgará por lo que le hayamos hecho a Él. Nadie ama a Dios directamente, ni ofende directamente a Dios. Le amamos y le ofendemos en nuestro hermano. Todos seremos juzgados según nuestra actitud hacia “los hermanos más pequeños” de Jesús. Seremos juzgados por el amor que hayamos tenido a los demás y por la capacidad que hayamos desarrollado de crear en el mundo condiciones fraternales de vida. El amor no es una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Son obras concretas: Dar de comer, vestir, visitar en la cárcel... Y hacer todo eso no necesariamente “por amor de Dios”. Basta con que se haga por “amor al ser humano”. Si realmente es así, se está haciendo a plenitud y según la voluntad de Dios. Nadie será juzgado por su doctrina, por las ideas que tuvo sobre la religión, por los dogmas en los que creyó. Sólo contarán los actos de servicio al prójimo, los actos de justicia con el hermano oprimido y necesitado de nuestra ayuda. Contará el dar de comer, el dar de beber, el dar vestido... Cosas tan simples y tan básicas, las elementales “obras de misericordia” salvarán al hombre.

Por eso el reinado de Jesús no es un reinado de poder y autoridad, ni se identifica con los reyes y príncipes de este mundo, sino que es un reinado de servicio, entrega, amor… y se identifica con los más pobres, que son los más importantes en ese Reino, en esa nueva humanidad que Dios va a crear cuando recapitule todas las cosas en su Hijo Jesucristo, Rey del Universo.

Jesús se identifica con toda persona hambrienta, sedienta, encarcelada, desnuda, con toda persona que se ve obligada a emigrar, con los que no tienen hogar y viven en la calle, con los enfermos, con los que más sufren, en definitiva, con todos los que se sienten “pisoteados” en su dignidad y en sus derechos. “Les aseguro que cada vez que lo hiciste con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hiciste”.

Que el Reinado de Cristo, comenzado ya en cada uno de nosotros, se extienda a todos nosotros, a cada familia, en la sociedad, en las naciones del mundo entero.

Que El los bendiga hoy acompañe y proteja siempre

cpomah@yahoo.com

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