El cielo califórnico

domingo, 20 de noviembre de 2016 · 00:35
Por Marco Moreno Corral

En colaboraciones anteriores, he mencionado que desde la época colonial se valoraron las cualidades del cielo de esta región de nuestro país, para realizar buenas observaciones del firmamento. 

En efecto, la oscuridad, transparencia y quietud de la atmósfera que cubre a nuestra península, fue señalada tanto por los primeros navegantes que la exploraron, como por misioneros como Kino que ayudaron a poblarla, o por astrónomos europeos y por Velázquez de León que en 1769 viajaron a ella para observar un importante suceso astronómico. 

Los mexicanos que en el siglo XIX recorrieron su árido norte para trazar la nueva frontera internacional, también hablaron de lo límpido del cielo bajacaliforniano, así que no debe extrañar, que en la actualidad el más moderno y mejor equipado observatorio astronómico de esta nación, se halle instalado precisamente en esta tierra.

La historia que dio principio a esa institución comenzó el 5 de mayo de 1878, cuando en lo alto del Castillo de Chapultepec, fue puesto en operación el Observatorio Astronómico Nacional de México. 

En aquel entonces, ese histórico sitio se encontraba a unos ocho kilómetros de la capital del país, por lo que reinaba ahí la tranquilidad necesaria para el trabajo que hacían nuestros astrónomos, consistente en el estudio de los astros por el valor científico que éste tenía por sí mismo, pero también para disponer de patrones de tiempo y de posición, que entonces eran necesarios para desarrollar los estudios geográficos y cartográficos de nuestra nación. Para 1883 el Observatorio tuvo que mudarse a la Villa de Tacubaya, donde con apoyo del gobierno comenzó la construcción de un edificio especialmente diseñado para las necesidades de los astrónomos, el cual fue terminado en 1908. 

Proyectos de investigación
En ese lapso adquirieron telescopios y otros instrumentos para el Observatorio, que hicieron de él una institución razonablemente equipada. Sin embargo, como sucedía en otras capitales del mundo que contaban con instituciones similares, los problemas para los astrónomos de Tacubaya comenzaron con el crecimiento mismo de la Ciudad de México, que ya para los años veinte había convertido esa tranquila y alejada villa, en parte de ella misma.

Al finalizar la década de los cuarenta, ya no era posible realizar observaciones astronómicas de calidad en aquel sitio, por lo que los miembros del Observatorio, que desde 1929 fue incorporado a la Universidad Nacional Autónoma de México, buscaron alternativas. En 1951 trasladaron los pocos instrumentos útiles que entonces tenían, a un sitio aledaño al Observatorio Astrofísico Nacional, que había sido creado en 1942 en la población de Tonantzintla, Puebla. Ahí retomaron su trabajo de observación y estudio del firmamento y 10 años después contaron con el telescopio más moderno y grande del país, lo que les permitió desarrollar proyectos de investigación que antes no podían hacer.
 
Desgraciadamente el rápido crecimiento de la capital de ese estado y de las poblaciones de su alrededor, comenzaron a contaminar lumínicamente el cielo, que perdió su oscuridad y con ello la posibilidad de registrar los objetos cósmicas más débiles, que son los de mayor interés científico. Así las cosas, los astrónomos universitarios nuevamente tuvieron que pensar en mudarse, pero con la experiencia acumulada y gracias a la entonces novedosa tecnología de prospección por satélites, comenzaron la búsqueda del mejor sitio en la República Mexicana para instalar un nuevo observatorio astronómico.

En 1967 habían identificado que en el noroeste mexicano existían lugares apropiados a ese fin, por lo que poco después comenzaron a explorarlos. Desde un principio llamaron su atención las cualidades de transparencia, oscuridad y poca humedad que presentaba lo alto de la sierra de San Pedro Mártir, localizada en el Municipio de Ensenada, Baja California. Viajaron a ese sitio y lo recorrieron a lomo de mula –tal y como lo hicieron los  exploradores del siglo XVII- pues no había ningún camino por el que pudieran transitar, ni siquiera con vehículos de doble tracción. Después de meses de estudiar las fotografías de satélite, así como de recorrer esa serranía y acampar a cielo abierto en diferentes sitios, comprobaron que a los 2800 metros de altura sobre el nivel medio del mar, frente al llamado Picacho del Diablo, existía un lugar que además de las cualidades ya mencionadas, contaba con un número muy alto de noches despejadas al año, lo que era esencial para el trabajo astronómico. Pero además, era un lugar muy aislado, alejado de toda población que con su crecimiento natural, pudiera contaminar lumínicamente esa región. La ubicación era perfecta para ese fin; desde ahí es posible ver la costa continental de Sonora, el Mar de Cortés y el Océano Pacífico. 

Finalmente en mayo de 1968, las autoridades del Instituto de Astronomía de la UNAM, que es en lo que se transformó aquel antiguo observatorio, tomaron la decisión de comenzar la edificación del nuevo Observatorio Astronómico Nacional en ese lugar.

Datos astronómicos valiosos
La labor fue ingente, sobre todo por el tan codiciado aislamiento que los mismos astrónomos se impusieron. Lo primero que se hizo, fue trazar un camino a través de la montaña y construir una brecha que permitiera el movimiento de los vehículos que transportarían todos los suministros para comenzar la construcción. Como ahí no había nada y lo que se quería hacer era levantar un centro de investigación científica, primeramente hubo que resolver el suministro de energía, que hasta la fecha es generada en el lugar por varias plantas eléctricas. La construcción del primer camino llevó varios años, pero ya para finales de 1970 fue posible subir las partes de los primeros telescopios que hubo ahí. 

Se construyó –usando madera de árboles caídos que había en el bosque- el primer albergue para los astrónomos que irían a observar, que fue la Cabaña Roja, construcción paradigmática que todavía existe. En febrero de 1971 comenzaron las primeras observaciones sistemáticas, que rápidamente mostraron las bondades del sitio para hacer astronomía. El trabajo continuó y un año después comenzó a operar el segundo telescopio.

En aquellos épicos días, el personal científico y técnico venía desde la Ciudad de México, pues en la región no había mano de obra calificada, que pudiera operar con éxito el Observatorio. Sin embargo fue evidente que no podría trabajarse así de manera indefinida, por lo que se buscó preparar y contratar gente de la localidad, lo que incluso llevó a la creación de nuevas carreras en la UABC y al surgimiento de otras instituciones científicas en Ensenada. En la actualidad buena parte de los técnicos que laboran en el Observatorio, así como un número importante de los astrónomos ya son ensenadenses, lo que ha mostrado que fue correcto hacer los esfuerzos que llevaron a esta situación.

Tras varios años de confirmar lo adecuado que resultó ese sitio para instalar un nuevo observatorio, los astrónomos y las autoridades de la UNAM tomaron la decisión de iniciar un ambicioso proyecto para dotarlo con un moderno y poderoso telescopio. Finalmente en 1979 concluyeron aquellos esfuerzos y se puso en operación un telescopio reflector con espejo de 2.1 metros de diámetro, el cual fue instalado en un edificio especialmente construido para ese fin. Con tal motivo, en septiembre de aquel año fue inaugurado oficialmente el Observatorio Astronómico Nacional, dependencia del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, que gracias al trabajo de su gente, ha trascendido en la infraestructura científica de este país y le ha dado proyección internacional a esta región en el ámbito astronómico. 

El Observatorio comenzó a producir datos astronómicos valiosos desde antes de esa fecha, pues las observaciones comenzaron en 1971, por lo que puede afirmarse que ahora se cumple 45 años de que ese cielo califórnico, que tan admirado fue en los siglos pasados, está siendo explorado con los modernos equipos que usa la ciencia en la actualidad. 

Astrofísico e investigador del Instituto de Astronomía, campus Ensenada, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
mam@astrosen.unam.mx

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