El Museo Nacional de Antropología

sábado, 22 de diciembre de 2018 · 10:13

Por José Carrillo Cedillo*

En el último año del sexenio de López Mateos (año que entre los artistas se conoce como la museisa), ordenó la construcción de varios museos, lo que nos dio trabajo a todos a  manos llenas y bien pagado. El más esplendoroso de ellos es el majestuoso Museo Nacional de Antropología, en el bosque de Chapultepec.

El museo fue inaugurado el 17 de septiembre de 1964 y es oportuno contribuir con un pequeño grano de arena a tratar de contestar a la pregunta  de algunas personas  que cuestionan ¿por qué es tan importante? 

 

La identidad de la construcción aleatoria

Dijo Sergio Raúl Arroyo: “De todos  los lugares del planeta, sus innumerables ciudades, poblados, entornos y accidentes geográficos, sólo aquellos que despiertan el sentimiento de pertenencia son asumidos como patria. Fuera de sus fronteras han sido imaginados los innumerables paisajes que habitan los “otros”, las estancias de lo ajeno y distinto. Esta vecindad fue, tal vez, la primera medida social: señaló la distancia ontológica más elemental. Tablillas sumerias, inscripciones egipcias, poemas chinos milenarios y pictografías mesoamericanas, dan fe de la patria concebida como esencia humana. En el alba de Occidente, Virgilio vislumbró la fuerza de esta antigua y universal convicción”.

Lo que alberga el museo en sus diferentes salas, son muestras con rasgos particulares asumidos con orgullo como una producción original, irrepetible en otras latitudes de otros pueblos. A lo largo de estos últimos 2 siglos la imperiosa voluntad de explicar la identidad nacional como un perfil histórico, fue empleado el concepto de patrimonio cultural como el inapelable referente de la memoria mexicana.

Las piezas nos hablan de un pasado glorioso, de pueblos con sus creencias religiosas, sus símbolos, muchas pinturas y soberbias esculturas, más la parafernalia mortuoria, con objetos utilitarios, textiles de todo tipo, ajuares, emblemas, y todo esto cubre un arco de varios miles de años.

En el marco del centenario en 1910  el ministro de educación Justo Sierra declaró que se iba a construir un museo que albergara todas las culturas prehispánicas.

Debo mencionar necesariamente, que el viejo museo inaugurado por Porfirio Díaz  se encontraba en la calle de Moneda,  casi  a un costado del Palacio Nacional y de allí fueron trasladadas las hermosas piezas  con sumo cuidado y gran esfuerzo,  al nuevo edificio.

Zita Basich  (compañera de Federico Canessi, quien fuera precursor, junto con Diego Rivera, del movimiento que reconoce el valor de la cultura prehispánica) era antropóloga y fue la iniciadora de la idea de la construcción de un nuevo museo, al comentar con López Mateos, lo maltratado que estaba el viejo museo, aprovechando la ocasión de que el arquitecto Ramírez  Vázquez le construyó su nueva casa en San Jerónimo.

Este hecho lo registró Miguel Ángel Fernández en su libro en 1987, Historia de los museos en México. López Mateos le preguntó al arquitecto, debido a que antes la máxima ilusión de un arquitecto era construir una catedral, ¿cuál sería en este momento su ilusión?, a lo que respondió Miguel Ángel, que Ramírez Vázquez ni lo pensó, contestó que un museo que albergara los tesoros prehispánicos de todo México.  A las charlas mencionadas, se integró, una vez que tomó posesión López Mateos, el nuevo secretario de educación: Jaime Torres Bodet, cargo que había desempeñado también en el sexenio de Manuel Ávila Camacho y trabajó con José Vasconcelos.

Se acordó con base en profundos estudios que fueron delineando lo que iba a ser el nuevo museo, consultando a profundidad a los principales antropólogos, arqueólogos e historiadores de nuestro riquísimo pasado. Se integró un concejo ejecutivo presidido por el arquitecto Ignacio Marquina, destacado historiador y arqueólogo. Fue Torres Bodet quien imprimió orientación, mística y organización. La comisión se reunía cada 15 días para sumar lo ya proyectado e informar al presidente de la república.

 

La ubicación del nuevo museo

El sitio elegido para el nuevo museo, dada su importancia, obedeció a las siguientes reflexiones. Se requería una gran área para su edificación, con accesos urbanos claros, una amplia área para estacionamiento y que se asegurara la asistencia del gran público. En esa época, el Bosque de Chapultepec, registraba una asistencia dominical de 250 mil 000 personas (hoy rebasa el millón).

La localización del predio sobre la avenida del Paseo de la Reforma, tentaba a ubicar frente a ella el edificio y su acceso principal, sin embargo, percataron de que crearía problemas de tránsito en esa importante avenida. Por ello, se optó por darle acceso lateral, en donde antiguamente había una calle que se llamaba Calzada de la Milla, creando así una gran plaza de acceso pavimentada con piedra recinto y abierta hacia el generoso espacio verde de lo que fue el antiguo club de golf Azteca, donde años después se construyó el Museo Rufino Tamayo, del que hablaré en otro artículo.

 

La arquitectura del museo

Para la solución arquitectónica del museo, fue fundamental el hecho de que el contenido, nuestra historia prehispánica, resultara congruente con el edificio. A pesar de esta premisa no se cayó en hacer un diseño de arquitectura de “vanguardia” y  se usaron técnica y materiales propios de la época. Respetaron los valores de los materiales, su color y su textura, especialmente en los de la cultura olmeca, maya, teotihuacana y nahua; pero desde luego concebidos y aplicados por los mexicanos de hoy. Se aprendió de 58 museos visitados alrededor del mundo.

Aprendieron a planear el espacio con una circulación continua o sucesiva, o bien en forma aislada, pudiendo llegar directamente a una sala por el interés específico de su contenido, con esto se evita el paso innecesario por otras áreas del museo.

 

Patio central

El museo cuenta con la solución de un gran espacio central, a la manera de una plaza interior donde el visitante puede optar libremente por la sala de su interés. Debo decir que cada una de las salas corresponde a las diferentes culturas prehispánicas. Esta solución fue copiada de la arquitectura maya, con espacios claros para recordar al visitante que se encuentra en una plaza, en un parque.

La sala Mexica, por ejemplo, además de estar protegida, deja libre a la vista, el entorno natural, el bosque y el cielo, evitando con ello, que el público se sienta capturado dentro de una construcción monumental, tal como sucede en los viejos museos instalados en castillos y palacios antiguos.:

Voy a presentarles una breve lista de los grandes maestros pintores que participaron con sus murales en el museo, los maestros Rufino Tamayo, José Chávez Morado, Carlos Mérida, Jorge González Camarena, Pablo O’ Higgins y Mathías Goeritz, todos ellos, rutilantes estrellas del firmamento plástico mexicano.

Finalizaré recomendando, respetuosamente, la obligada visita de todo mexicano al Museo Nacional de Antropología, del que saldrá orgulloso de nuestro glorioso pasado.     

 

“Lo que alberga el museo en sus diferentes salas, son muestras con rasgos particulares asumidos con orgullo como una producción original, irrepetible en otras latitudes de otros pueblos”.

 

*Artista Plástico y docente con más de 50 años de trayectoria.

jcarrillocedillo@hotmail.com

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