Cuento y poesía

domingo, 11 de marzo de 2018 · 00:00

Un sueño redondo

Había una vez un niño que soñaba con ser mayor para conocer la respuesta de todas las preguntas. Y para que nadie volviera a decirle:

—Ya comprenderás eso cuando seas mayor.

El niño vivía en una casita que soñaba con ser un rascacielos, para que se le mirara desde todos los lugares. Y para que en su interior habitaran cientos de personas.

La casita se hallaba en un pueblo que soñaba con ser una ciudad para aparecer en todos los mapas. Y para recibir todos los años miles de visitantes.

El pueblo pertenecía a una pequeña nación que soñaba con ser una gran nación, para que sus habitantes se sintieran orgullosos de vivir en un país poderoso. Y para que los demás países la temieran y la respetaran.

La pequeña nación estaba en la Tierra, que soñaba con ser el Sol para ser la reina del Sistema Solar. Y para que los demás planetas giraran a su alrededor.

Pero había algo que, ni la pequeña nación, ni el pueblo, ni la casita, ni el niño sabían.

No sabían que el Sol, la gran nación, la ciudad, el rascacielos y las personas mayores también soñaban.

Él soñaba con ser la Tierra para estar repleto de vida. Y para saber qué es la noche.

La gran nación soñaba con ser una pequeña nación, para que sus habitantes se sintieran orgullosos de vivir en un país que jamás se había aprovechado de los otros. Y para que los demás países la quisieran y la respetaran sin tenerle miedo.

La ciudad soñaba con ser un pueblo para que todos sus vecinos se conocieran entre sí. Y para que se ayudaran unos a otros cuando lo necesitaran.

El rascacielos soñaba con ser una casita, para ser el hogar de una familia que se encariñase con ella. Y para que esa familia la considerase parte de su vida por haberla ido llenando de recuerdos año tras año.

Y la persona mayor soñaba con ser un niño, para seguir creyendo que todas las preguntas tienen respuesta. Y para que nadie volviera a decirles:

—Eres demasiado viejo para comprender eso.

Y también para que todas las noches, después de acostarse, su madre le leyera un cuento.

Y luego soñar.

Proyecto Cuentos para Crecer.

 

 

Poema

Voces en el jardín

Por Liz Durand Goytia*

Aquí el poema de las cuatro de la mañana.

 

Quiero escuchar el rumor

de la hierba cuando duerme

mientras el viento cala

llevándose hojas secas.

 

Quiero escuchar palabras

para ese colibrí que ronda

y dice con su voz de plumas

que empieza a amanecer,

que la lluvia alimenta mis brotes

para convertirme en ramo

que se abre entre sus alas,

prestándoles pasión.

 

Quiero escuchar al grillo

que muerde los misterios

y saber que estoy viva,

estoy viva, estoy viva.

 

Poeta y promotora cultural.

 

AUSENTE

Por Jezz Ortega.

 

“…Y ahora, en mi recuerdo, aparecen difusas ante mis ojos diversas figuras. Creo reconocer entre esos pliegues que se desgarran y se entretejen, a mujeres como estatuas en fuga, andamios, la rutilante blancura de la porcelana, peces que navegan en una falda ceñida, la salitrosa fachada de una iglesia que se derrumba, el rostro de un anciano en una nube, la huida sin sentido de un papel que de súbito se estampa, que imprevisiblemente retrocede, gira, se detiene y avanza. A mi derecha, palmeras carcomidas, la luz escurridiza de la tarde que exagera sus muecas; el chirrido de una cortina que desciende se funde con los ruidos de la ciudad, sus gritos;

el viento. Y yo creo distinguir entre este farragoso tumulto de presencias, mis zapatos gastados, mis sentimientos encallados como instintivamente en la oquedad, en las calles empinadas y solitarias, en los pasajes del vicio donde se habita como en cloacas, en la visión casi cercana de la otra tierra…”

 

Fragmento de cuento, incluido en la antología “El Enamoramiento”.

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