PALABRA

El lente y la pupila: Paz obsequia un poema-galería a Manuel Álvarez Bravo

El poeta montó sus propios cuadros verbales (bastos, variados, curiosos y penetrantes) inspirados en pinturas, grabados y escultores, principalmente, pero también permitió cabida –en aquel mirador personal- a la fotografía
sábado, 02 de febrero de 2019 · 00:00

Por Benjamín Pacheco López*

I

Octavio Paz gustaba de ver y encontrar, esto es, encontrar lo que los demás veían, para después –desde su ojo, sol implacable- formular nuevas significaciones, alumbrar caminos nuevos. Andar por la obra de los artistas, retornar por la ola de sus pensamientos. Rodeos necesarios para el necesario regodeo visual. Más que lectura ensayística, la sensación se acerca más a un paseo por galerías donde el poeta montó sus propios cuadros verbales (bastos, variados, curiosos y penetrantes) inspirados en pinturas, grabados y escultores, principalmente, pero también permitió cabida –en aquel mirador personal- a la fotografía.

Lo anterior es palpable en Los privilegios de la vista, tomo III en la serie México en la obra de Octavio Paz (FCE, 1987). Dicho libro recopila ensayos y poemas que pasan por el arte precolombino y moderno, así como la pintura mural y el legado contemporáneo. Repasa figuras como José Guadalupe Posada, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, José Luis Cuevas y Leonora Carrington, por citar apenas algunas coordenadas dentro de las pléyades.

De esta forma, frente a una constelación empotrada en el cielo, Paz se vuelve un navegante diestro en mareas artísticas, direcciones del viento literario y orientación de aves migratorias plásticas. Durante su viaje sonríe ante la compañía nocturna, ante la estrella que lo llevará al punto de arribo deseado: el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo.

II

En Los privilegios…, sabemos de un Octavio adolescente encandilado por un fotógrafo nacido en la Ciudad de México. El joven hojea la revista Contemporáneos y descubre tres fotografías que para él representarán una de sus “primeras experiencias artísticas”, a sus 16 o 17 años, como gusta recordarse, en una época en la que aún no comprendía todo lo que aparecía en aquellas páginas. Puntualizará que, junto con sus amigos, iba de “la curiosidad al estupor, de la iluminación instantánea a la perplejidad”, ante los textos de Valéry, Borges, Cuesta, Neruda y Villaurrutia. Aquel grupo orgulloso de muchachos evitaba la confesión de que entendían poco. Sin embargo, con Álvarez Bravo logró una conexión. “Temas y objetos cotidianos: unas hojas, la cicatriz de un tronco, los pliegues de una cortina. Sentí una turbación extraña, seguida de esa alegría que acompaña a la comprensión, por más incompleta que ésta sea”, según contará el poeta en su madurez.

Años más tarde, en 1982, Paz rendirá tributo y evocará aquel encuentro en el prólogo del libro Instante y Revelación, donde reunirá 30 poemas propios y 62 fotografías. De paso, brindará cátedra sobre pintura y el problema histórico de la perspectiva, al que se enfrentaron los artistas del Renacimiento, además de compartir sus propias interpretaciones sobre estos asuntos y el trabajo de Álvarez Bravo. Sus apreciaciones sobre la fotografía pueden, desde mi punto de vista, aún considerarse actuales y modernas, además de que incorpora uno de los temas que abunda en su obra: la preservación de la memoria que, a su vez, es la historia del hombre, lo visto y vivido: “El lente es una poderosa prolongación del ojo y, sin embargo, lo que nos muestra la fotografía, una vez revelada la película, es algo que no vio el ojo o que no pudo retener la memoria. La cámara es, todo junto, el ojo que mira, la memoria que preserva y la imaginación que compone”.

Paz advierte que, para Álvarez Bravo, nombrar las imágenes no se reducía a un mero registro de lo fotografiado, sino que se permitía jugar con las palabras e incluso usarlos como “puentes” para enlazar significantes diversos: “A veces la imagen fotográfica se basta a sí misma; otras se sirven del título como de un puente que nos ayuda a pasar de una realidad a otra. Los títulos de Álvarez Bravo operan como un gatillo mental: la frase provoca el disparo y hace saltar la imagen explícita para que aparezca la otra imagen, la implícita, hasta entonces invisible. En otros casos, la imagen de una foto alude a otra que, a su vez, nos lleva a una tercera y una cuarta”. Esto permite, en su apreciación, “establecer una red de relaciones visuales, mentales e incluso táctiles que hacen pensar en las líneas de un poema”.

Debemos aclarar que estas consideraciones fueron escritas tiempo después de que el autor elaborara, en mi opinión, uno de los mayores homenajes que puede recibir una persona para ser siempre recordada: un poema. Transcurría 1979, tres años antes de que admirador y admirado fusionaran talentos en Instante y Revelación. Podemos imaginar a Paz sentado en su escritorio hilvanando imagen y verso, versificando plata y luz, hasta que forjó un poema-amalgama llamado “Cara al Tiempo”.

III

“Cara al Tiempo” es, queda claro, un tributo, pero también puede ser apreciado como un poema-galería, en el que Paz se enviste como curador al seleccionar piezas específicas (más bien títulos al pie) que combinará con sus metáforas. Así, el escrito está construido junto con la nomenclatura de 10 fotografías que, según nos indican, irán presentadas en cursivas: Montaña negra/nube blanca, Muchacha viendo pájaros, Dos pares de piernas, Escala de escalas, Un gorrión, ¡claro!, Casa de lava, Cuatro variaciones sobre un trapo blanco, Las lavanderas sobrentendidas, El retrato de lo eterno y Las bocas del río.

Lo anterior puede apreciarse al inicio del poema:

 

Fotos,

tiempo suspendido de un hilo verbal:

Montaña negra/nube blanca,

Muchacha viendo pájaros.

Los títulos de Manuel

no son cabos sueltos:

son flechas verbales,

señales encendidas.

El ojo piensa,

el pensamiento ve,

la mirada toca,

  las palabras arden:

Dos pares de piernas,

Escala de escalas,

Un gorrión, ¡claro!,

            Casa de lava.

Instantánea

y lenta mente:

lente de revelaciones.

Del ojo a la imagen al lenguaje

(ida y vuelta)

Manuel fotografía

(nombra)

    esa hendedura imperceptible

entre la imagen y su nombre,

la sensación y la percepción:

el tiempo.

 

Durante la lectura, Paz apela al lector para que advierta las características que él ve –y nos invita a descubrir- en torno a la obra álvarobraviana: la imagen implícita, la que subyace bajo aquellos títulos que despuntan como magueyes. Además, si se conocen las fotografías, también se podrá avanzar por aquella red de relaciones visuales que indica el poeta, al menos en teoría. De ahí la sugerencia de que el texto puede apreciarse como un poema-galería. Pareciera que, como espectadores, acudimos a una exposición en la que conviven literatura y fotografía: amalgama de instantes escritos y escritos sobre instantes.

Sin embargo, llama la atención que al hacer el cruce entre texto e imágenes, la pieza identificada como “Cuatro variaciones sobre un trapo en blanco” no aparezca en la página de internet dedicada a preservar la obra del artista (http://manuelalvarezbravo.org/espagnol/mab-esp.php). ¿Error de Paz o una foto perdida en la inmensidad del legado? Esto no ocurre con las otras fotos, mismas que aparecen sin dificultades al escribirlas en el motor de búsqueda Google.

También es distinto con “Las bocas del río”, pues el título preciso es “Las bocas”, al igual que “Un gorrión, ¡claro!”, que Álvarez Bravo nombró como “Gorrión, claro”. Quizá Paz, para efectos poéticos, se tomó licencias al momento de transcribir, pues la falta de rigor suena impensable para un autor conocido por -según cuenta la leyenda- devolver a revisión una enorme cantidad de libros sólo porque no estaba bien colocada una coma.

Si acercamos más la lupa a “Cara al Tiempo” nos daremos cuenta que hay por lo menos tres fotografías que subyacen en los versos, mismas que no fueron indicados por Paz, pero que también refieren obra álvarobraviana. Esto se advierte en: Eclipse de sangre:/ la cara del obrero asesinado,/ planeta caído en el asfalto./, que inevitablemente remiten a las famosas tomas: “Obrero en huelga asesinado” y “Sábanas (el eclipse)”.

Por último, en este apartado, el cierre del poema se liga a uno de los temas que Manuel Álvarez Bravo fotografió durante toda su vida: los caballos. La voz poética pide al fotógrafo que le permita montar un equino, pues desea constatar todo aquello visto por el artista en aquellas lejanas tierras fundadas en escala de grises. Le parecen más honestas que las que lo rodean, donde impera el color: “Manuel/ préstame tu caballito de palo/ para ir al otro lado de este lado./ La realidad es más real en blanco y negro.”.

 

IV

Es justo decir que si quitáramos todas las referencias fotográficas, el poema no perdería fuerza, pues las ausencias no afectarían la unidad escrita y se mantendría ese tono de tributo paciano. Quedan algunas interrogantes: ¿Por qué el poeta seleccionó esas fotografías?, ¿Nos está invitando a verlas desde la óptica surrealista? (Paz era seguidor; Álvarez Bravo coqueteaba), ¿Hay algún hilo conductor subterráneo que las englobe?

Si tratamos de contestar el último cuestionamiento, utilizando un **diccionario de símbolos, pareciera que subyacen en “Cara al Tiempo” tonos místicos, sagrados y fúnebres, implícitos en las imágenes. Montaña negra/nube blanca sugiere el punto de unión entre el cielo y la tierra, una dualidad en contacto que es reforzado por la presencia de un mensajero -como aprecian algunos estudiosos- en el cuerpo de la nube, masa que lleva, carga y viaja. Podemos comenzar a apreciar un recorrido entre lo material e inmaterial, el mundo de los vivos y los muertos. A este sucesión de imágenes se le suma Muchacha viendo pájaros. ¿La joven quizás está viendo fantasmas en pena, espíritus perdidos y con pendientes? Según los estudiosos, los folklores antiguos solían apreciar al ser alado como una representación del alma, de la espiritualidad, aunque también aclaraban que lo múltiple solía encerrar un signo negativo, deseos perversos y multiplicados. De ahí que la parvada quizá encierre una noticia nada agradable y terminen siendo aves de mal agüero.

Esto se vuelve a reforzar con imágenes sucesivas que colindan con la muerte: Dos pares de piernas sugiere, vía los dibujos de pies retratados, que hay un moribundo -o moribundos-, alguien que está por marcharse y dejar sus últimas huellas. La interpretación se afirma cuando en Escala de escalas aparece, ¡oh, que terrible visión!, una sucesión de ataúdes infantiles. Lo sabemos por el tamaño. Le sigue Un gorrión, ¡claro!, foto en la que una mujer yace acostada sobre una estructura. Al tener ella los ojos cerrados, una interpretación que se le ha dado es que también sugiere la idea de la persona fallecida, aunque también podríamos estar ante una madre en duelo.

Pareciera que estamos ante un constante anuncio de que alguien morirá, alguien perderá su espacio en este mundo iluminado. ¿Poema o profecía? Son versos que van cayendo, también, por la hoja en blanco. La verdad finalmente es revelada, ¿quién es el difunto que se ha ganado un poema para nunca ser olvidado? Paz responde: “La cara de la realidad,/ la cara de todos los días,/ nunca es la misma cara./ Eclipse de sangre:/ la cara del obrero asesinado,/ planeta caído en el asfalto.”.

A manera de conclusión, me gusta pensar que Paz en “Cara al Tiempo” nos recuerda algo que aún sigue siendo cierto: “El ojo piensa, el pensamiento ve, la mirada toca” y, lo más importante, “las palabras arden”.

 

*Reportero.

**Sugiero el Diccionario de Símbolos de Juan-Eduardo Cirlot, que es posible consultar en línea.

 

 

 

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