A 50 años de su caída en México

sábado, 23 de febrero de 2019 · 00:00

Por Marco Arturo Moreno Corral*

 

El 8 de febrero de 1969 ocurrió sobre el cielo del norte de México un fenómeno singular.  En un lugar localizado a 105º 19´ al oeste del meridiano de Greenwich y a 26º 58´ al norte del ecuador, ubicado en la parte sur del estado de Chihuahua; a  las 01:15 de la madrugada. Fue un bólido que trazó en el firmamento una larga estela de coloración azul-blanquecina, surcó el cielo de Norte a Sur, fragmentándose en pedazos que se estrellaron contra el suelo, quedando dispersos en un área con forma elíptica de unos cincuenta kilómetros de longitud en su eje mayor.

El ruido producido por ese suceso despertó a muchos de los pobladores de la región, quienes posteriormente dijeron que se oyó como cuando se descarrila un tren en movimiento.

Al amanecer de ese día, los habitantes de Pueblito de Allende encontraron muy cerca de la Oficina de Correos de esa pequeña comunidad, un cráter de unos cuatro metros de diámetro donde estaba un pedrusco de color oscuro, que tenía unos quince kilogramos de peso. Poco a poco fueron localizando otros fragmentos de dimensiones menores, pero todos con esa característica coloración negruzca.

Se estima que en esa primera etapa de la búsqueda, se recuperaron un total de dos toneladas de fragmentos de tamaños muy diferentes, pero casi todos ellos de unos cuantos centímetros y con peso de alrededor de treinta y dos gramos cada uno.

A lo largo de los meses siguientes fueron hallados más, llegando en la actualidad a una masa estimada de cuatro toneladas. Los ejemplares más grandes encontrados hasta el momento son uno que pesa 110 kilogramos, dos de 40, dos de 35, dos de 18, uno de 17 y uno de 12.

Con esos hallazgos, también se encontraron algunos pequeños cráteres causados por impacto  de los  fragmentos de ese meteorito, entre los que destacó uno con profundidad de quince centímetros y diámetro de sesenta.

Esta información y la trayectoria que siguió el ahora llamado Meteorito de Allende sobre el cielo chihuahuense, ha permitido estimar que originalmente debió ser una roca con tamaño de unos cinco metros, con peso total de unas siete toneladas, que tuvo una velocidad de inserción a nuestra atmósfera de entre 20 y 15 kilómetros por segundo.

La fricción que por esa alta velocidad sufrió al entrar en ella, hizo que se calentara y explotara fragmentándose en múltiples pedazo antes de tocar tierra, que fueron esparcidos en una vasta área del Municipio de Allende, Chihuahua. Al pasar los días, las semanas, los meses e incluso los años, han sido recuperados muchos de ellos.

En diciembre de 1984 se recuperó uno de los fragmentos de 35 kilogramos, el cual fue adquirido por la Universidad Nacional Autónoma de México, para que sus especialistas estudiaran con detalle su estructura y composición química. Usando este ejemplar, y métodos de datación radiactiva, investigadores universitarios han determinado la edad absoluta de este meteorito y analizado con detalle su compleja composición química, identificando diversos elementos que lo forman.

 

Desde antes de que se formara nuestro planeta

De ese pedazo, el Instituto de Astronomía recibió dos fragmentos; uno de ellos se encuentra actualmente en exhibición en sus instalaciones de la ciudad de Ensenada, Baja California. 

La cantidad de fragmentos recuperados y el que este meteorito fuera de una clase no muy común, llamó rápidamente la atención de científicos de todo el mundo que se dispusieron a estudiarlo.

Prontamente fue clasificado como una Condrita carbonásea de tipo III, que es una roca de sílice, pero con una gran cantidad de carbono, que presenta cóndrulos; pequeños objetos minerales de forma esférica con tamaños de apenas unos milímetros de diámetro,  insertados en la estructura principal del meteorito, que también indican que debió formarse por acumulación de fragmentos de tamaños muy diversos.

Otra de las características de este tipo de meteoritos es que no tienen o presentan muy pocos metales, que es el caso contrario de la mayoría de los meteoritos que se conocen; que fundamentalmente están hechos de fierro y níquel.

El meteorito de Allende también mostró protuberancias formadas por materiales suaves e incoloros, que al ser analizadas, resultaron estar formadas en un 85 por ciento por carbono, siendo el resto mezclas de hidrocarburos.

Debido a la rareza de este tipo de meteoritos, resultan de gran interés para los astrónomos, ya que son objetos que se formaron en la etapa primitiva del sistema solar, pues son de los objetos más viejos que han llegado a la Tierra, En efecto, la composición química de las condritas carbonáceas permite calcular su edad por métodos radiométricos muy precisos y confiables, mostrando que estos meteoritos están formadas por materiales muy antiguos, que estuvieron presentes en los primeros procesos que dieron origen a la formación de lo que ahora es nuestro sistema solar.

Una circunstancia que ayudó grandemente al estudio del meteorito Allende, fue que en el mismo año en que cayó sobre México, la NASA, en preparación para el estudio de las rocas lunares que se esperaba traerían los astronautas de la Apolo 11 a su vuelta a la Tierra, después de ser los primeros en bajar a la superficie lunar, creó un laboratorio altamente especializado para analizar las muestras procedentes de la Luna sin causarles contaminación por materiales terrestres, en el que reunió a científicos de diversas disciplinas, que diseñaron procedimientos específicos para ese fin. Como prueba para ese anhelado proyecto, se llevaron ahí muestras del Allende, que fueron sometidas a diferentes estudios, encontrando resultados en verdad notables.

También ayudó el hecho de que al recuperarse tantos fragmentos del Allende, fue posible que investigadores de muy diversas partes del mundo pudieran tener muestras de este meteorito para su análisis y estudio, lo que ha hecho de él el más estudiado de todos y a estas fechas, se han publicado varios miles de artículos científicos que analizan diferentes aspectos de este meteorito y de lo que significa en nuestro proceso de comprensión de las primeras etapas de formación del sistema solar.

Una de las primeras cosas que llamó la atención sobre el Allende fue su antigüedad. Las sofisticadas técnicas de análisis a las que ha sido sometido, indican que tiene cuatro mil, quinientos sesenta y ocho millones de años. ¡Es más antiguo que la Tierra misma! Lo que significa que el Allende existe desde antes que se formara nuestro planeta, siendo por tanto uno de los objetos astronómicos más antiguos que hay en el entorno solar.

Otro descubrimiento notable hecho en el 2012 al estudiar el Allende, fue el de un mineral que ahora se llama Pangüita y que no se encuentra en la Tierra. Está formado por titanio, escandio, aluminio, magnesio, zirconio, calcio y oxígeno y aunque estos materiales existen en nuestro planeta, este mineral es refractario y se formó a altas temperaturas y presiones enormes que no están presentes en él.

A 50 años de la caída de este notable meteorito en el norte de México, es mucho lo que los científicos han escrito sobre él y acerca de los notables hallazgos que han hecho al estudiarlo. Seguramente este proceso continuará y producirá nuevos descubrimientos, pues siguen analizando los fragmentos de este mensajero del pasado remoto de nuestro sistema solar.

 

*Instituto de Astronomía, campus Ensenada, Universidad Nacional Autónoma de México.

mam@astro.unam.mx

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