Bartletti’s journey o El viaje de Don Bartletti

Apreciaciones a una plática de fotoperiodismo y migración, desde la visión de don Bartletti, premio Pulitzer 2003
sábado, 6 de abril de 2019 · 06:42

Don Bartletti, premio Pulitzer 2003, ha estado atento al fenómeno migratorio centroamericano en las últimas décadas. Su trabajo galardonado es Enrique’s Journey, un ensayo fotográfico que refleja las peripecias de un niño hondureño en búsqueda de su madre, radicada en Estados Unidos, aunque el fotoperiodista también cuenta con más de 40 distinciones a lo largo de su carrera.
Conocer el trabajo del estadounidense es, de paso, apreciar su viaje por distintos países e inferir el riesgo, asumido, para documentar de primera mano las causas que llevan a las personas a dejar sus lugares de origen.
El viaje de Bartletti implica, también, el de un testigo decidido a conocer de primera mano el infierno que pueden ser las entrañas de América Latina, donde las familias deben desintegrarse para sobrevivir a las pandillas, la violencia en las calles y el narcotráfico, sin tener la esperanza de que puedan volver a encontrarse.
¿Qué es lo que ha visto en este traslado, en este éxodo que obliga a cruzar fronteras, brincar muros o perseguir un tren y su peligroso bamboleo?, ¿Al riesgo de terminar con las piernas mutiladas o asesinado en alguna selva, o calle, distante?
De todo: muerte, miedo, ingenuidad, hambre, sangre, melancolía, odio, abandono y, en contadas ocasiones, fraternidad y esperanza.

 

The roads most traveled. Causes and consequences of illegal immigration

Después de las presentaciones protocolarias, Don Bartletti va directo al asunto: “La violencia fortuita está alejando a la gente”, dice ante el atento auditorio en Cetys Universidad.
Así inicia una plática que llevará al espectador por Honduras, El Salvador, Guatemala, México y Estados Unidos.
De inicio, señala las similitudes recientes entre estadounidenses y mexicanos para rechazar al migrante. Sin embargo, enfatiza en la necesidad de que conozcamos las causas, pues las historias de los migrantes están lejos de ser un “cuento de hadas”.
Así, nos estremecemos ante unos familiares hondureños que acuden a reconocer el cuerpo de una niña en la morgue. Ella fue asesinada con un disparo en el corazón. La violencia es tan común que, al parecer, fue el cadaver número 15 que recibieron ese día. Bartletti nos recuerda que las pandillas no pueden ser controladas.
-¿Cómo lidias con esas emociones? -le preguntará una hora más tarde una estudiante alemana.
-Lloré. No podía enfocar la cámara -, responderá el fotoperiodista.
Los padres suelen afirmar a sus hijos pequeños, cuando deciden sacarlos del entorno violento, que esperarán su regreso, años más tarde, ya “cuando sea un lugar seguro”.
-Ahí empieza la migración -remarca Bartletti- en esas decisiones. Seguirán imágenes de centrales camioneras, revisiones policiales, y los que son detenidos por no contar con los papeles reglamentarios.

El viaje sigue hacia Guatemala, donde la cámara nos mostrará cómo los Mara Salvatrucha han dejado negocios y vecindades en el abandono. Nadie quiere vivir ahí, pues las pandillas constantemente están reclutando a niños y jóvenes. Las casas deben contar con protección extra y, lo más terrible, las familias deciden enviar a los más pequeños a Estados Unidos, antes de que mueran en esas condiciones.

 

 

 

México asediado: Desde el 2007, más de 250 mil personas han sido asesinadas en la guerra contra el narcotráfico

Muchas de las imágenes de Bartletti son tomas cerradas, cercanas, cálidas.
-Necesito acercarte las expresiones -, explica, pues es una forma clara para transmitir el dolor, sentimiento universal.
De esta forma apreciamos a estudiantes sorprendidos por las masacres en Tijuana; luego, somos nosotros los que abrimos la boca ante las emboscadas en Culiacán, Sinaloa.
-Es cruel, pero lo tienes que ver. Eso es lo que hace el cartel de las drogas: arruinar tu cultura -, puntualiza, además de agregar que el crimen organizado protegerá sus caminos hacia el norte.
También sorprenden los descomunales mausoleos construidos en los cementerios de Culiacán. De primera instancia, muy similares a cualquier vecindario acomodado, donde las personas se reúnen a platicar en terrazas, a recordar a sus muertos mientras beben cerveza.
-Mi trabajo es una aventura -, expresa el fotoperiodista, quien también comparte que estas fotografías le hubieran ganado su lugar en el camposanto. Se salvó porque su guía se limitó a comentar que él estaba ahí para fotografiar una pintura.
Le siguen imágenes dramáticas de las “mulas”, es decir, personas contratadas para cargar droga en zonas áridas. A ellos les pagan 2 mil dólares por un viaje de 10 días, aproximadamente, donde incluso tienen que pasar por montañas.
Después aparecen hileras de personas caminando y cargando agua. Es en Sonora. El sabor que deja la imagen es que la migración, en estas condiciones, no tendrá fin.

 

Enrique’s Journey
Para esta última apreciación, he dejado la historia de Enrique, cuya narrativa visual es la que dará origen al proyecto galardonado.
Su madre se fue cuando tenía cinco años. Una década después él está ansioso por marcharse. Su abuela no quiere. La imagen memorable es ella sentada, con el gesto triste, al lado de otra silla donde yace cómodamente un gato. En esa silla solía sentarse su hija. Enrique ha decidido marcharse.
Don Bartletti inicia la secuencia en un basurero, donde un par de hermanos luchan contra unas aves por los restos de comida. Suelen estar ahí ocho horas al día. Es en Tegucigalpa, Honduras. De vuelta a una abuela resignada, le entrega a su nieto sus últimos 7 dólares. Es el adiós.
Secuencias, imágenes. Don Bartletti se ha montado en el tren, en “La Bestia”, nombre popular con el que los centroamericanos a la poderosa máquina que se desplaza por la nación mexicana. Lo vemos esquivando ramas, agachado al igual que el resto de los centroamericanos que viajan sobre aquel lomo de acero.
Aparece el río Suchiate, Chiapas, vecindad con Guatemala. Jóvenes admiran mapas, saltan entre vagones, arriesgan la vida por tomar alcanzar a tomar una escalera, evitar resbalarse con el aceite de los contenedores de combustible.
En ese caos que devora distancia y rieles, aparece la imagen de un hombre con los brazos abiertos, con los ojos cerrados y recargado contra el vagón. Bartletti comparte que algunos espectadores han asociado esa fotografía con la crucifixión. No están muy errados, pues cuando el fotoperiodista preguntó al retratado, la respuesta tuvo implicaciones religiosas.
-Estaba rezando para que no fuera arrestado por tercera vez -, cuenta el documentalista sobre aquel testimonio brindado durante el camino.
Aquí aparecerá, quizás, la imagen más bella documentada en el trayecto: unos niños cabalgando, felices, avanzando por una zona cafetalera. Los migrantes ríen, gritan, aplauden. El momento evoca la libertad, el avance con fuerza, la esperanza de que todo saldrá bien.
-Fue un momento hermoso -, recuerda el fotógrafo. (Tuvo que esperar mucho tiempo para saber si había logrado la foto, hasta que la reveló en un cuartoscuro).
Después de este remanso de esperanza, continuó el viaje. En Veracruz, lugar cálido, conoció a una anciana que lanzaba tortillas a los migrantes. Seguirán imágenes de manos entregando naranjas a los viajeros, mientras el tren está en movimiento.
Rumbo a la Ciudad de México tocará a los viajeros pasar por túneles helados. Algunos preferirán dormir sobre los vagones de combustible, más calientes y de los pocos lugares a los que podrán recurrir para combatir el frío. Aquí será generada la imagen más famosa de Bartletti: el niño montado en el tren mirando hacia la niebla. Para algunos es una imagen metafórica, pues puede interpretarse como la incertidumbre, el no saber lo qué les espera y, también, que existe algo mejor más allá de la bruma.
“La Bestia” llega hasta Tamaulipas. Aquí, en la zona del río Grande (río Bravo en México), se topa con un niño enfermo al que decide ayudarlo. Vive en una tubería y tiene fiebre. El fotoperiodista hace lo que puede, contacta ayuda. De esta forma el pequeño vivirá.
Esto lleva a reflexionar sobre lo qué pasó con Enrique. ¿Encontró a su madre? Al parecer sí, en Carolina del Norte. Bartletti, en su odisea, también comparte que conoció a otro pequeño, uno que dormía sobre piedras, en un vecindario peligroso. Tenía un pedazo de papel con un número anotado: San Diego. Lo pierde de vista y lo vuelve a encontrar, ya montado en el tren. Le toma muchas fotos, una donde duerme sobre un vagón de combustible, agarrado con las piernas de algunas estructuras, para no caerse durante el recorrido.
El pequeño logra llegar a su destino, trabaja en Estados Unidos, pero vuelve a desaparecer. Lo rastrea años más tarde y se da cuenta que lo llegaron a deportar en tres ocasiones.
Para Bartletti, esta última historia representa parte de lo que implica ser migrante, pues en realidad nunca se quisieron ir.
-¿Valió la pena? -, le llegó a preguntar, tomando en cuenta el viaje, las penurias, el riesgo, la incertidumbre...
-No. No valió la pena -, afirma el joven, aunque ahora trata de estar mejor.
Bartletti, ante el público, insiste y concluye: “La migración no es un cuento, con un final como el de la cenicienta”.

 

 

Para este viaje, de unos tres meses aproximadamente, el fotoperiodista utilizó un estimado de 300 rollos de película fotográfica. Lo que vimos en su exposición, apenas fue una pequeña parte.

 

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