La parábola del planeta feliz

sábado, 18 de mayo de 2019 · 15:40

Por José Carlos Pomalaza*

 

Era una habitación inmaculadamente limpia, mantenida en condiciones de temperatura y humedad ideales, con un piso reluciente que brillaba bajo la tenue iluminación ambiental.

En las noches, se podía apreciar la luz opaca de esta habitación, que destacaba en el edificio del Hospital de Las Nazarenas, por ser la única que estaba iluminada. Los pasillos estaban desiertos, con su innecesaria iluminación apagada.

En la habitación, el único sonido que se escuchaba era el apagado bip-bip del sistema de cuidados intensivos de última generación, la CI-3000.

En la cama, sin frazadas, se encontraba postrada la figura delgada  y empequeñecida de un ser humano, que se quejaba en sus ratos de lucidez. Su pijama, de color azul, lo cubría por completo, dejando libre sólo los ojos.

Esta vestimenta de último modelo era de un material especial para dar al enfermo el máximo confort, y conectarlo a un sinnúmero de sensores inalámbricos, que monitoreaban todos sus signos vitales.

Esta “pijama” también daba acceso a los tubos de plástico para la alimentación del paciente y el desecho de los productos biológicos. Unas correas, que no causaban ningún fastidio, se adaptaban suavemente al cuerpo del enfermo para mantenerlo encima de la cama.

El paciente era Adam, el único del hospital. En realidad, era el único ser viviente en todo el hospital.

El edificio, de tres pisos, de Las Nazarenas se encontraba en el centro de un campo de césped, de un verde reluciente, cuidadosamente recortado; con aceras adornadas de hermosas flores, por donde se podía caminar bajo la deliciosa sombra de amorosos cerezos, gozando de la refrescante brisa que soplaba desde una pequeña y fría laguna.

En sus momentos de lucidez, Adam recordaba todos los instantes de su existencia, y lo hacía como si estuviera viendo una representación holográfica en 3D, en la cual él era espectador y a la vez el actor del triste drama que le tocó vivir.

 

-Papá, papá, mira lo que puede hacer Jimmy, mi nuevo Robo-amigo. Cuando Luchito se fue me sentía muy solo, pero ahora con  Jimmy tengo pena solo de vez en cuando. ¿Pero, papá, qué pasó con Luchito y su familia?

 

-Ay, hijo mío, resulta que el papá de Luchito era abogado y cuando los robots reemplazaron a todo el sistema de justicia, lo dejaron en la calle, sin trabajo. Ese fue el problema de la pobre familia de tu amigo, por eso tú debes estudiar ingeniería, porque los ingenieros son los que hacen los robots.

 

Al llegar a esta escena, Adam se angustió recordando lo que su papá le siguió contando:

 

-Hace unos doscientos años, se inventaron unas toscas máquina digitales personales que se les conocía como PC.

 

-Sí papá en mis clases de historia la profesora Teach-500, nos mostró sus fotos, uff, sí que eran horribles esos armatostes.

 

-Si Adam, pero pesar de ser rudimentarias, esas máquinas dejaron sin trabajo a las secretarias e iniciaron el gran cambio. Luego fue el turno de las recepcionistas, los cajeros, los mecánicos, los obreros de construcción y los choferes. Y cuando se construyeron las plantas automáticas hidropónicas ya no se necesitaron más a los agricultores ni a los súper-mercados; pues el aprovisionamiento de las ciudades se empezó a realizar desde grandes centros hidropónicos, con distribución automática directa al consumidor. Como consecuencia más gente murió por encontrarse sin trabajo.

 

Adam continuó con sus recuerdos, y así llegó al momento crucial de su vida, esto le causó una ansiedad tan grande que lo despertó sobresaltado. De inmediato la CI-3000 le inyectó un tranquilizante. Adam ya calmado volvió a sus recuerdos, para recordar el momento que destruyó su vida.

El ya era ingeniero y sus padres habían fallecido hacía varios años, cuando hizo su aparición triunfal la Robo-Factoría. Esta fabulosa instalación podía desarrollar, diseñar y construir robots; con lo que dejó a todos los ingenieros sin trabajo. Desde ese momento la vida de Adam fue cuesta abajo y como en el antiguo tango, él fue de tumbo en tumbo hasta caer en Las Nazarenas.

Una noche la luz del cuarto de Adam se apagó y el último de su especie desapareció para siempre. Desde entonces, el planeta Tierra entró a su etapa feliz, sin las ataduras impuestas por las limitaciones de los seres humanos.

Finalmente el planeta feliz llegó también a su fin; cuando el Sol después de agotar su combustible nuclear, se hinchó, creciendo hasta absorber a la Tierra completamente.

 

“Era una habitación inmaculadamente limpia, mantenida en condiciones de temperatura y humedad ideales, con un piso reluciente que brillaba bajo la tenue iluminación ambiental. En las noches, se podía apreciar la luz opaca de esta habitación, que destacaba en el edificio del Hospital de Las Nazarenas, por ser la única que estaba iluminada. Los pasillos estaban desiertos, con su innecesaria iluminación apagada”.

 

*Escritor.

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